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AQUEL DÍA DE MARZO

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TRES BOCANADAS DE ESPANTO


PRIMERA

1-. La tormenta. La lluvia de horror.

Llovió agua de náusea
aquel día de marzo,
agua de soledad,
tormenta de hielo.
Llovió horror
de primavera furtiva,
lluvia de angustia,
lluvia de espanto,
lluvia de amaneceres
con los cielos siempre cubiertos.
Llovió ríos
de lágrimas y desdicha,
un aguacero
de sangre en las manos,
un diluvio
de ausencias en el tiempo.
Llovió muerte
en el tejado roto de la vida.

2-. La calma. El gotario del miedo.

Ahora, los truenos reverberan
en lamentos callados
que brotan en gotas de sudor frío,
de desaliento,
de desesperanza
y de agonía;
en gotas de silencios,
gotas de humores extraños
que se escurren en hilos de bilis
por el gotario del miedo,
y anegan los corazones
de hiel e inquina.
Ahora, no llueve en la ciudad. Es el futuro.
Y la tragedia será una obra de teatro,
un artículo de opinión en un diario.
La tragedia será un infierno
para quienes han de vivir
la deshora continua de una pesadilla.

(Poema adaptado. Título original:
"El gotario del miedo". Obra: El ser vencido)


SEGUNDA

La noche. El silencio de los muertos.

Y la pobre patria sola
en el fragor
de la batalla,
abandonada a su suerte
rehén del terror,
las ideologías, los credos y la metralla.
Cementerio, polvo inerte,
mar sin una ola,
vano grito, voz que calla.
Es el dolor
del alma española
que hurga en los restos de la muerte.

(Poema adaptado. Título original:
"Mi patria". Obra: El ser vencido)


TERCERA

Un nuevo día. La luna enterrada.

Daga damasquina,
eres un singular espejo
en el que me miro y veo la muerte.
La muerte en tus dos caras.
La muerte en tu aguda punta.
La muerte en tu hoja cortante.
Eres una luna que empuño tembloroso.
La luna de los asesinos.
La luna de las traiciones.
Una luna que hiede a sangre.
Sangre derramada en antiguos holocaustos.
Sangre que fue la savia de las flores del mal.
Por tu filo,
luna de plata,
resbalan cadáveres
y rostros cenicientos
de hombres degollados.
Por eso, daga, tu nombre es horror.
Horror milenario
estampado en una luna de metal.
Horror
que la pátina del tiempo
ha revestido de misterio
y de silencio.
Horror que en este poema es denuncia.
Horror que enterraré para siempre,
cuando te clave en tierra de nadie.
Donde la luna no esté ensangrentada.
Donde los seres humanos no matan.
Donde simplemente mueren.

(Sin título. Obra: Silencios)



"AQUEL DÍA DE MARZO"

En primer lugar, antes de cualquier otra consideración, es pertinente y necesaria la presentación del texto que el autor de los poemas envió en un email, fechado el día 18 de marzo de 2004, al poeta chileno Mario Meléndez. Nos ayudará a comprender mejor sus intenciones y el estado de ánimo en el momento creativo; nos ayudará a respirar el mismo aire que llenó sus pulmones del oxígeno purificador del amor al prójimo, un amor limpio, desinteresado y real, en los instantes cruciales del sufrimiento de los seres humanos, esos poemas dolientes que lloran la pérdida de su dignidad, o sea, la mutilación de la vida.
He aquí el contenido del email:
"Querido Mario:
Hoy hace una semana de la tragedia que conmocionó a los ciudadanos de bien de todo el mundo. Los que la vivieron en sus propias carnes fueron, como siempre los más indefensos, los desheredados de la Tierra: emigrantes sin papeles, ecuatorianos, rumanos, colombianos, marroquíes, senegaleses, etc...; trabajadores, camareros, peones de obra, mujeres de servicio externo, peluqueras, operarios diversos, etc...; estudiantes, colegialas, universitarios y algún que otro párvulo. Todos ellos seres humanos. Todos ellos víctimas del fanatismo político religioso.
Y, ¿a quién le importa? No, a los vendedores de promesas; no, a los compradores de votos; no, a los programadores de espacios televisivos; no, a los tertulianos de las emisoras de radio; no, a los buitres carroñeros que anidan en los altares. No.
Sólamente importa a las personas que aman al prójimo, de un modo sincero y honesto, sin palabrería barata, sin hipocresía moral. Sólamente importa a quienes han determinado ir por la vida en pelotas, con el corazón en la mano, gritando a quien quiera escucharle, clamando a los cuatro vientos: "Soy un ser humano; simplemente eso. Soy como tú, poesía hecha vida."
¡Qué pena que las páginas negras de la historia se repitan!
Ya en la antigua Grecia, Diógenes, el Cínico, deambulaba por las calles de Atenas en busca de algún ser humano. Lo hacía antorcha en mano, incluso a plena luz del día, no fuera a escapársele, en caso de encontrarlo, un espécimen tan raro.
Protágoras, el sofista, comprendió que el ser humano era la medida de todas las cosas, esto es: de la verdad, del bien y el mal, de las ideologías y del universo.
¡Qué máxima más alentadora! ¡Qué noticia excepcional!
Y lo es más aún, si leemos la letra pequeña. Dice así: "La humanidad no ha de ser un concepto formal, ni un subterfugio retórico. Es, por el contrario, cada individuo , cada corazón que late, cada sueño y cada herida en el espíritu".
Los poetas, bien lo sabes, buscamos como Diógenes el entendimiento de las pasiones y sentimientos, o sea, los latidos, las lágrimas, el viento sur de un sueño, los carámbanos hechos de sudor frío, el color de la adrenalina descargada en una sonrisa, el olor hediondo de los deseos ocultos en el lodazal de las acequias del corazón, etc...
Los poetas sufrimos el dolor ajeno, reímos la alegría del vecino y lloramos la despedida de una ola que se va para no volver. Somos así. ¡Qué le vamos a hacer!
Por eso, a mí sólo me preocupa el ser humano que llora, que sufre, que siente y que tiene un nombre. Y a ese ser humano dedico mi poema:
"Llovió agua de..".
Un abrazo. Nicolás."

En el email, se vislumbran las razones que motivaron la reelaboración de dos poemas pertenecientes al poemario El ser vencido, así como la recuperación de un tercero, tomado del poemario entonces inédito Silencios.
Destaca sobre todas las ideas la definición de "Humanidad", entendida ésta como poesía hecha vida. De esta manera, para el autor, cada ser humano es un poema con corazón propio. Es belleza, es sentimiento, es pasión. Por ello, atentar contra él, apuñalando un verso, pisoteando una estrofa o haciéndolo añicos a bombazos, no es sino la prueba irrefutable de una humanidad enferma, aquejada del cáncer de la estupidez.
Estupidez deshumanizante que puede llevar a algunos individuos a matar la poesía, a borrar del libro de los sueños los más bellos poemas a la libertad, al amor y a la solidaridad, y también, por desgracia, a reventar trenes cargados de versos, declamados en la sonrisa de una niña, las legañas mal quitadas de una estudiante, el gesto de ancestral cansancio que se dibuja en la cara de un joven emigrante, los bostezos de un oficinista, las manos limpias de un funcionario de Hacienda, la tristeza que anida en los ojos de una mujer de la limpieza, etc...

El poeta está desolado, hondamente conmocionado por las consecuencias trágicas que se derivan del holocausto acontecido en Madrid, el día 11 de marzo, que pueden resumirse fundamentalmente en el dolor y la angustia, ambos íntimos e intransferibles, que han de sufrir los afectados. Y no es para menos.
Es así que él no quiere permanecer callado, que quiere rebelarse. Y lo hará denunciando las lágrimas falsas de las plañideras mediáticas, la hipocresía de los pésames no sentidos y el dolor fingido de tantos y tantos oportunistas impávidos. Lo hará intentando comprender el sufrimiento de cada individuo, tomando el pulso a los latidos de cada corazón, secando sus lágrimas y besando sus mejillas. Lo hará, además, como mejor sabe, utilizando la palabra.
La palabra hecha proclama de rabia, la palabra hecha plegaria de esperanza, la palabra hecha carta de amor, la palabra hecha Elegía a Carmen, a Isabel, a Francisco, a Mohamed, ...y a tantos otros seres humanos , poemas anónimos, con nombre propio. Sí, la palabra vomitada en bocanadas de espanto, que el poeta vierte a un archivo de una carpeta informática, desplegada en los tres poemas que tratamos de analizar.

Si bien es cierto que cada uno de los poemas presenta un trazado de composición diferente, no lo es menos que todos conforman una misma estructura poética y constituyen un conjunto temático, referido a distintos aspectos de un acontecimiento extraordinario y sustentado en diversas consideraciones expuestas a propósito del mismo. Y esta homogeneidad formal y semántica se pone de manifiesto ya en los títulos de las diversas estrofas. La secuencia es la siguiente: "La tormenta. La lluvia de horror", "La calma. El gotario del miedo", "La noche. El silencio de los muertos" y "Un nuevo día. La luna enterrada". Cada título anuncia la factualidad de los hitos de ese acontecimiento - la tormenta, la calma, la noche y un nuevo día--, por una parte, y la orientación de la valoración subjetiva acerca de sus dramáticas consecuencias - horror, miedo, silencio de los muertos y la violencia enterrada-, por otra. Pero, además, todos ellos, leídos sucintamente, nos proporcionan una idea meridiana del desarrollo temporal de los hechos, así como de la tesitura del autor.

Nos encontramos ante una declaración de principios en toda regla, aunque no se presente cifrada en un texto ordenado en apartados y artículos, ni regulado al modo de los códigos de Derecho o los tratados de Ética. Evidentemente, es poesía. Poesía sincera, de esa que brota por la frente en gotas de sudor frío, cuando el poeta siente la gravedad del tuétano de los huesos hecho hielo; de esa que es eructada en hálitos nauseabundos, cuando éste ingiere una ración de realidad podrida; de esa, sí, que es vomitada en bocanadas de espanto, cuando el poeta sufre la pesadilla de una sinfonía macabra, interpretada miles de veces, escrita, en tiempos inmemoriales, en una partitura sin pentagramas, notas, acordes o arpegios, y compuesta simplemente con los sonidos del crujido de los huesos rotos, el borboteo de la sangre derramada, los alaridos del dolor más hondo y los lamentos apagados de los moribundos.

El primer poema está dividido en dos estrofas bien diferenciadas. Este hecho se debe a la necesidad de distinguir nítidamente las dos circunstancias cruciales, el holocausto de los muertos y el calvario de los supervivientes, que concurrieron en los sucesos trágicos que tuvieron lugar en Madrid el infausto día de marzo que se recuerda en el mismo, por un lado, y por otro, a la necesidad de concretar los distintos momentos del "cursus" cronológico de dichos sucesos y, también, los diferentes estados del "tempus" anímico de los afectados en ellos.

El título de la primera estrofa, "La tormenta. La lluvia de horror" nos sitúa en el punto de partida de la tragedia, a la vez que precisa la razón de ser de los versos que la componen, que no es otra que la descripción del inesperado y apocalíptico evento, eso sí, en lenguaje poético.

Las tormentas, por lo general, son fenómenos metereológicos que se producen de un modo sorpresivo, si bien siempre circunscritos a una determinada coyuntura climática. Y, posiblemente por esta razón, los seres humanos pretendemos ingenuamente predecirlas, en un ímprobo esfuerzo por el control de las mismas que, en definitiva, no es más que un inútil ejercicio de soberbia. Hasta tal punto llegan nuestros delirios de grandeza. Pero, en realidad, no nos ha sido dado el poder de mediación en la lucha entre los elementos contrarios de la naturaleza. Las tormentas son una muestra de esta confrontación de fuerzas naturales antagónicas. Irrumpen, allá donde se desatan, con violencia inusitada, liberando el gran poder destructivo de la naturaleza, en forma de lluvia, nieve, granizo, arena, viento o descargas eléctricas. Y, ante la magnitud de su poderío, poco o nada podemos hacer: los árboles y las plantas se pliegan irremisiblemente a su dominio; las bestias se esconden en sus guaridas; los pequeños animales y las aves buscan cobijo en las hendiduras de las paredes o los tejados, en los troncos de los árboles, en las oquedades de las rocas o en el vientre de las barquitas de los puertos; y nosotros nos refugiamos en nuestras casas o al abrigo de cualquier techo. Y esto, en el mejor de los casos. Porque unos y otros, todos, estamos inermes, desvalidos y desnudos de impotencia, ante el ataque de las fuerzas de la naturaleza. "La cólera de los dioses"- así llamaban a estas fuerzas en la antigüedad-, es infinitamente destructiva e irreductible. ¡Pobres de aquellos que sean objeto de los "accesos de ira de las divinidades inmortales"! ¡Pobres de aquellos que sean sorprendidos a la intemperie en medio de la tormenta! ¿Qué les cabe esperar? Con toda seguridad, el horror, el miedo, el sufrimiento y la muerte.

La tormenta que se describe en el texto es una tormenta figurada, que se desata en lluvia de horror, de angustia, de espanto, en una tromba de primaveras furtivas y amenazantes amaneceres, en un aguacero de sangre en las manos, en ríos de lágrimas y en un diluvio de soledad desnuda de ausencias en el tiempo.
El poeta recurre a la metáfora de "la tormenta", por la connotación de imprevisibilidad, carácter sorpresivo, irreductibilidad y potencialidad destructiva que contiene este término, que propiamente designa un fenómeno metereológico; pero que, al caso, sirve para representar simbólicamente un fenómeno de otra índole, aunque con similares características y consecuencias. Se trata, obviamente, de la eclosión de las bombas, de la lluvia de desgarro y muerte, en los vagones de los trenes repletos de poemas vivientes que tuvo lugar "aquel día de marzo". Es la manifestación de la tormenta, en forma de goma dos y metralla. Goma dos que es rayo y trueno. Rayo que eclipsó, con su luz cegadora, el crepúsculo matutino; rayo que atravesó los corazones de los infortunados viajeros, cual espada flamígera, convirtiendo al instante los latidos en cenizas. Trueno que retumbó en un ensordecedor ruido, en una única nota grave sostenida de un réquiem improvisado, que fue irremediablemente la definitiva, de la misma manera que es definitivo un golpe de ataúd en tierra. Metralla que es lluvia de inesperado ocaso, que irrumpió súbitamente en el espacio que llenaban quienes viajaban en esos vagones, mutilando los miembros de sus cuerpos y haciendo saltar en mil pedazos el tejado roto de sus vidas, ese tejado que guarda los sueños, las sonrisas, los silencios y la intimidad de los desheredados de la tierra. Metralla de clavos de horror que quebró el paso del tiempo, asesinando la primavera, el futuro naciente, que alboraba aquella mañana. Lluvia de esquirlas vertida en aguacero de sangre, que tiñó el alba de ausencias perpetuas.

Efectivamente, eso fue lo que ocurrió: las bombas explotaron, inopinadamente, indiscriminadamente, alevosamente, lloviendo cadáveres en los andenes, salpicando gotas de sangre inocente a las vías y granizando piernas, brazos, cabezas y vísceras en los vagones. Y, ¿por qué? ¿Por qué la tormenta de hielo y muerte?

Sin duda, fue una consecuencia de la lucha de los contrarios. Los contrarios, no en el sentido de una tendencia natural antagónica de los individuos o las colectividades, sino en la consideración de intereses encontrados de los miembros que integran una sociedad.

Las fuerzas naturales se enfrentan entre sí e interactúan dinámicamente, movidas por la propia inercia de un determinismo natural, que tiene por objetivo el sostenimiento del "status" natural de las cosas, así como el mantenimiento del equilibrio necesario, para el buen funcionamiento del universo. De este modo, por ejemplo, la depredación es una manifestación de la lucha de fuerzas contrarias, que es dolorosa y traumática para los animales que la padecen, pero "conditio sine qua non" para la preservación del equilibrio dentro de la cadena biológica; los hielos polares y las arenas ardientes de los desiertos, el día y la noche, la mar y la tierra, el árbol y la roca, el sol y la lluvia, etc, son contrarios entre sí, aunque no se contraponen en sentido absoluto, sino fundamentalmente en sentido relativo, en una tensión armónica, a la manera de un trozo de cuerda y un palo de madera que conforman el arco casero hecho por cualquier niño o niña. El palo y la cuerda son radicalmente distintos; pero, la conjunción de ambos, hace posible la manufacturación del arco. Ello se debe, única y exclusivamente, a la especial relación de los contrarios, unidos en el arco en tensión armónica. Y lo mismo podría decirse de la realidad de los seres humanos, tan radicalmente diferentes, en cuanto individuos, y, tan esencialmente idénticos, en cuanto seres humanos. Así, el color de la piel, del cabello y de los ojos, el lugar de nacimiento, el género, la tendencia sexual, el credo religioso, la idiosincrasia, la situación económica, los gustos, las aficiones, las costumbres, la lengua materna, las relaciones sociales, etc… no son más que circunstancias coyunturales que concurren en nuestra individualidad, determinando nuestra especificidad, y que jamás deberían ser consideradas como principios constitutivos y esenciales del ser humano. Porque, sencillamente, no son universales, o sea, no se predican de todo ser humano; sino exclusivamente de determinados individuos. De este modo, es inadmisible la pretensión, por parte de algunos, de considerar lo que no es sino una particularidad específica de una persona o grupo de personas, bien sea concretada en una ideología, religión o concepción política, o bien en unos atributos físicos especiales ( color de piel, sexo, etc), como la verdad indefectible consustancial a todo ser humano. Siendo así que quien no participe de dicha particularidad pueda ser menospreciado como miembro de pleno derecho de la sociedad en el ejercicio de sus capacidades y de su libertad y, por ende, relegado a la marginalidad. Y lo que es peor aún, que sea considerado un sujeto extraño, cuando no enemigo de la colectividad, o también - y esto es lo verdaderamente grave-, un elemento ajeno a la definición de "humanidad", es decir, que sea tenido por algo distinto a un ser humano. Para que esto no ocurra, y para que todo ser humano sea valorado como tal, las diferencias específicas de los individuos deben entenderse como notas anecdóticas, y nunca como características sustanciales de los mismos. O, dicho de otra manera, hemos de preservar el principio de igualdad de todos los seres humanos, en cuanto seres humanos, sean cuales sean las especificidades de los individuos, en cuanto individuos o en cuanto miembros de una colectividad. La humanidad es poesía hecha vida; y cada ser humano es un poema. No importa en que tipo de estrofa esté escrito, ni el número de sus versos, ni la métrica, ni la rima. Sólo ha de importar la poesía, la belleza natural de todo poema, de todo ser humano. Cuando esto sucede así, el antagonismo natural de los individuos, en una sociedad normalizada democráticamente, se dilucida en una confrontación competencial, sustentada en un compromiso personal de participación democrática y arbitrada por un contrato social positivado en códigos de Derecho. Cuando, por el contrario, se rompe el principio de igualdad de los seres humanos, justificando tal actitud en la certificación de una diferencia específica que adquiere el rango de verdad absoluta, los individuos son víctimas de un integrismo fanático apologeta de esa verdad pretendidamente absoluta. Entonces, el antagonismo natural, que es sin duda alguna, la fuerza motriz de la sociedad, deviene en una guerra de eliminación de los contrarios, la cual rompe la relación de complementariedad de éstos y se resuelve en terror y violencia. Entonces, sí, se desata la tormenta de hielo, y llueve horror. Así sucedió "aquel día de marzo", cuando el horror se consumó en el holocausto de los muertos de Madrid. Y así sucede siempre.

Por desgracia, las consecuencias de esta tormenta van más allá del horror de los muertos. Porque el horror se impregna en la memoria de los supervivientes, como el salitre en la piel, y se perpetúa en el calvario jalonado de angustia, desaliento y desesperanza que éstos han de padecer el resto de sus vidas. La segunda estrofa, "La calma. El gotario del miedo", intenta recoger los sentimientos del dolor intransferible y llagado en el corazón que sufren los protagonistas directos y principales del segundo momento de la tragedia: la agonía de los supervivientes.

Después de la tormenta viene la calma. Es lo pertinente. Sin embargo, en este caso, la calma es una mera apariencia, un enmascaramiento de la tormenta, una dimensión íntima del horror. Y lo es, porque, a los amaneceres escarchados de tinieblas, a las primaveras asesinadas a traición, les sigue un futuro con los cielos cubiertos de sangre, propia y ajena, que amenazan de nuevo tormenta, que amenazan con más horror y muerte. La calma, pues, es un eufemismo de la tormenta de silencio que se desata en los corazones de quienes sufrieron en primera persona la sacudida de las bombas, el estruendo de los truenos, el fuego abrasador del rayo y el desgarro de la vida en su propia carne. Esta sórdida tormenta tiene un nombre: "pesadilla". Y se repite una y otra vez, en una agónica deshora continua, atronando el espíritu con lamentos callados, lastrando los sueños con desánimo y abatimiento, lloviendo sudor frío en la frente y penetrando a los corazones por el gotario del miedo en hilos de hiel e inquina.

El gotario del miedo es un agujero negro por el que se escurren la alegría y la fantasía, un abismo sideral al que se precipitan el pasado y el futuro. Es la metáfora de la tormenta, que llueve incesantemente recuerdos: el intenso dolor de los tímpanos reventados; la mirada mortecina del viajero anónimo que yacía en la plataforma del tren; los gritos de desesperación de una madre que buscaba a su hijo en el amasijo de asientos calcinados, chapas, cristales, tubos, cuerpos e innumerables objetos; los besos de dos enamorados, que se convirtieron en estertores de muerte; el- hielo de los dedos de la mano de una joven que había fallecido; el sabor extraño de la sangre, etc. Una tormenta, sí, que relampaguea imágenes del infierno que padecieron los afectados "aquel día de marzo": un libro de historia de España, que ardía en las vías; la pierna de una mujer, que colgaba de una máquina de refrescos; el cartel electoral que anunciaba un futuro de paz y libertad, manchado con sangre; la carrera a ninguna parte de un hombre con el cuerpo en llamas; los destellos de las luces de las sirenas, reflejados en los ojos vidriosos, extraordinariamente abiertos, del cadáver de un muchacho, etc. Esos recuerdos se clavan en las neuronas, como cuchillos, y la memoria se desangra en gotas de terror. Esas imágenes se graban en el cerebro, como marcadas con fuego, obnubilando el pensamiento, y la esperanza gotea cenizas de sueños rotos, que se diluyen en la cascada de lágrimas vertidas al corazón.

Desde "aquel día", a los supervivientes sólo les queda el regusto amargo de la hidrohiel de la derrota y, en la solemnidad de su soledad, la vana ilusión del reencuentro de cada uno consigo mismo, en un callejón sin salida, bajo una constante lluvia de horror que nunca cesará.

Y al silencio de los muertos se sumará el silencio de los afectados. Y finalmente, a los dos, se les unirá el silencio de todo el país, la voz de la conciencia colectiva, el llanto callado de los hombres y mujeres que comparten un mismo destino doliente e incierto.
El segundo poema recoge el dolor del alma española, un padecimiento ancestral, una rémora con carácter de destino. Recoge la angustia de las personas de "bien", esas que hurgan en los restos de la muerte, y se sienten rehenes del terror, las ideologías totalitarias, los credos fanatizantes y de la violencia indiscriminada; las mismas que se preguntan, a veces con indisimulada resignación, ¿por qué hay que asesinar o inmolarse por unas ideas?, ¿cómo se explica el uso de la violencia, para defender valores tan nobles como son la libertad, la justicia y la igualdad?, ¿quién tiene derecho a arrogarse la posesión de la verdad última, ni mucho menos a imponerla a la fuerza, con el chantaje de las bombas?; las mismas que se encuentran solas, en el fragor de la batalla, desamparadas en medio de la tormenta.

De nuevo la tormenta, la lluvia de horror. Sólo que, en esta ocasión, llueve sobre mojado, y el agua de lágrimas se filtra por las heridas inmemoriales del inconsciente colectivo español, de la identidad común que formalmente se llama "patria".
"Y la pobre patria, sola..." es el primer verso del poema. Sola, en el sentido de sociedad inerme e indefensa, casi de impotencia atávica, ante las manifestaciones violentas de los desacuerdos, de la defensa de posiciones radicales o de la imposición de ideas. Pero también, sola, en el sentido de colectividad abandonada a su suerte, de mártir necesario para el decurso de la historia, de víctima propiciatoria de los intereses inconfesables de no pocos demagogos, líderes hipócritas, "iluminados" maniqueos y poderes en la sombra.

Es éste el tercer momento de la tragedia: la soledad , la impotencia, la orfandad de todo un pueblo que es rehén del terror. Terror que espeluzna, terror que paraliza las piernas, terror que oprime los pechos, bloquea las gargantas, hiela la sangre y sobrecoge el espíritu. Terror, en fin, que es la noche del futuro. Para algunos, Noche de horror, oscuridad de tumba, cementerio de libertades, que se cimenta en el silencio de los muertos, los de verdad, aquellos que perecieron destrozados por las bombas, y los figurados, esos que viven aterrorizados, como espectros patéticos. Y, para otros, noche de olvido, de miradas a otra parte, de disimulada connivencia, de hipocresía mediática, de tinta negra que oculta la vergüenza de la violencia entre las líneas de un artículo de opinión perdido en una página par intermedia de un periódico cualquiera. Noche de tormenta, noche pendenciera, pérfida noche despiadada, coronada por una luna ensangrentada, una luna de metal damasquino. Noche que el poeta maldice. Luna que arranca del cielo enlutado y definitivamente entierra en el jardín de la utopía.

La utopía es el adviento de un nuevo día, luminoso, primaveral, pleno de paz. Es la sonrisa de una niña que acaba de introducir un cariñograma en el buzón de un mundo solidario. Es el maná de amor para todos los seres humanos. Es el entierro definitivo de los cuchillos, de las armas y de las bombas. Es la siega de las flores del mal. Y es, sobre todo, la savia de la esperanza. Esperanza necesaria, esperanza inevitable, oxígeno que llena los pulmones de quienes no se rinden, de quienes gritan con fuerza: "¡Noche, no te temo! ¡No me asustan tus fauces de tiniebla! ¡Noche, nunca destruirás mi fortaleza! Porque creo en las personas. Porque confío en la dignidad de los seres humanos". Esperanza, que es, sin duda, el latido del tercer poema.
En él, el poeta se erige en pregonero de la paz, en mensajero del alumbramiento del alba y en enterrador de la luna de los asesinos y de las traiciones.

Por fin, se ha roto el silencio, es el momento de la denuncia, de desnudar el horror que la pátina del tiempo ha revestido de misterio y bocas selladas, de ponerse ante el singular espejo de la hoja de un cuchillo, en este caso una daga damasquina, y mirar, cara a cara, sin pestañear, a la muerte. Ahora, el horror, el espanto de un dolor milenario, está estampado en una luna de plata. Es accesible, manipulable. Se ve, se toca, se empuña. Está representado en un objeto concreto, una daga, la muerte con forma de luna, que es, al efecto, el estereotipo de todos los artilugios que el ser humano, a lo largo de los siglos, ha ideado para matar. Ciertamente, en su aguda punta, en su hoja cortante, en sus dos caras, se refleja la muerte. Por su filo, resbalan cadáveres y rostros cenicientos de hombres y mujeres degollados. Y su metal hiede a sangre derramada en antiguos holocaustos.

¡Qué magnífico ejemplo de la proverbial miseria humana, de la ignominia e impudicia de muchas personas, de la verdad de la máxima latina "homo homini lupus est"!
El poeta ha puesto el dedo en la llaga de la conciencia, donde más duele, en la herida en carne viva de la maltrecha voluntad de poder. "¡Despertad de la pesadilla! Es el amanecer de un día feliz. Es el tiempo de la transvaloración del horror y el miedo en alegría y plenitud de vida, de la transpolación del terror en diálogo respetuoso y del trasplante de las flores del mal, por vigorosos retoños de flor de esperanza", parece querer decirnos. Y no sólo eso. En sus versos resuena el claqueteo de miles de alfileres clavándose en las espaldas de los hombres y mujeres dispuestos a dejar un resquicio a la rabia contenida; en ellos se entrevé una llamada a la aventura del descubrimiento de un mundo desconocido, sin armas, sin violencia, una tierra de nadie, donde los hombres y mujeres no matan, sino simplemente mueren; y en ellos se sobreentiende también un imperativo moral que podría formularse de esta forma: "Actúa de tal modo, que el fin de tu acción sea siempre la humanidad, esto es, nunca consideres a los demás como medios para tus fines, sino, y muy al contrario, como fines en si mismos. Tú puedes hacerlo, y debes llevarlo a cabo. Ejercita tu orgullo de ser humano, haz efectiva tu voluntad de poder, y lo lograrás".

He aquí la poesía hecha proclama de libertad, bocanada de espanto lanzada a la gente, convocatoria de un acto de rebeldía, bálsamo de amor en la agonía y fortaleza de la dignidad humana. Quizá G. Celaya tuviera razón cuando afirmaba que la poesía es un arma cargada de futuro. Si es así, entonces, no resta más que empuñarla, y disparar al aire su única bala. El poeta lo ha hecho. Ya está aquí, ha llegado el futuro.
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