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Elegía a una mujer sin nombre

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CANON PARA UN NUEVO RÉQUIEM


LA CORONA DE ESPINAS

(Adaptación del poema "La rosa muerta" del poemario EL SER VENCIDO)


NOTICIA: Un capullo de rosa
ha caído al suelo,
azotado por una salvaje ventisca.


CRÓNICA: El rosal de rosas muertas
era una corona de espinas.
Un infierno, a la sombra
de un desvencijado muro,
donde languidecía el capullo triste.
En sus ramas los días eran siempre noche
habitada por la angustia
de malvivir en un abismo oscuro.
Eran vacío,
una soledad lacerante,
un erial ceniciento,
en el que el temprano fruto maduro
se marchitó sin llegar a ser flor,
al tiempo que, doblegado, roto,
besaba los pies
de un improbable futuro.
Ahora, el capullo solitario
se esconde en la hojarasca,
para evitar que nadie lo vea
sufriendo el fatal ayuno
de una vida enajenada,
y llorando en silencio lágrimas de sangre,
pétalos nacientes
que van muriendo uno a uno.
Como, uno a uno, mueren los sueños
y los segundos de un tiempo prohibido;
y, uno a uno también, caen los golpes
del escarnio de un vendaval inoportuno.
Porque, ¿qué ilusión puede tener un espectro?
¿Qué esperanza un muñeco?
¿Qué anhelos un títere?
Ciertamente, ninguno.

Así que, cuando el huracán se transforme en viento frío,
el viento en brisa,
la brisa en caricia
y la caricia en arrullo;
cuando los gritos de dolor
del capullo malherido
se ahoguen en el eco
de un lejano murmullo,
entonces, el viejo muro será la tumba,
la hojarasca la lápida
y el olvido la cal
que enterrarán en vida este hermoso capullo,
que sólo quiso ser una rosa,
una rosa sencilla,
digna
y esplendente de orgullo.


ESQUELA: El capullo triste
del rosal de las rosas muertas
ha fallecido en la hojarasca. R.I.P.




CONDENADA

(Canción)
(Poemario EL SER VENCIDO)


Condenada a sufrir,
condenada,
un sufrimiento sin matiz.
Condenada a vivir,
condenada,
a vivir por vivir.
Condenada a tener que ir,
condenada,
por la senda de otro sin desliz.
Condenada a servir,
condenada,
una servidumbre sin porvenir.
Condenada a consentir,
condenada,
una existencia infeliz.
Condenada a no reír,
condenada,
la alegría de sentir.
Condenada a existir,
condenada,
con alma de meretriz.
Condenada a esculpir,
condenada,
su epitafio a la hora de morir




EL ÚLTIMO ACORDE

(poemario SILENCIOS)


Guitarra, yaces en el suelo.
Malherida.
Sangrando notas mudas por el vientre.

Un hombre, presa de la canícula,
ahíto de falsa hombría y huera soberbia,
te ha golpeado contra una piedra.

Y estás ahí. Moribunda. Rota.
Tu piel, tu cuello y tu cintura
ya no serán de nadie.

De nadie, mártir del amor.
Porque el viento se ha llevado tu último acorde,
el beso definitivo.

De nadie,
guitarra muerta.
Nunca más.

Hoy, luego, ante tu cadáver,
la alegría, las confidencias y las caricias
se ahogarán en el sopor de una noche de estío.

Las sonrisas serán una mueca de dolor.
Los susurros, sollozos.
Y los dedos, frías agujas de cristal.

Hoy, sí, tu amante te llorará en silencio.
Y las lágrimas no vertidas
serán la savia del árbol de los recuerdos.

Y la carraca de una cigarra será su voz,
la elegía recitada, noche tras noche,
a ritmo de letanía.



ELEGÍA A UNA MUJER SIN NOMBRE

El título asignado a este apartado puede sorprendernos, a primera vista. Pero, si lo consideramos desde la perspectiva de la lógica del lenguaje poético, hallaremos sin ninguna duda una explicación satisfactoria a tal denominación, por cuanto dicha perspectiva habilita al discurso de una potencialidad significativa que se resuelve de un modo positivo, mediante la aplicación al texto de una teoría de la interpretación o hermenéutica de la metáfora.
"Elegía a una mujer sin nombre" no es simplemente un título, más o menos acertado, más o menos bello. Es la concreción en un sintagma nominal de un universo de pasiones, frustraciones, padecimientos, sentimientos y valoraciones, vertidas todas ellas en versos. Formalmente está compuesto por dos elementos de significación: uno, el término "elegía"; y otro, la expresión "una mujer sin nombre". La elegía es un tipo de composición poética de carácter lírico, fundamentalmente de temática triste. Se utiliza, por lo general, para llevar a cabo la exaltación y la evocación de una persona desaparecida o fallecida. Ésta es la intención del autor en el caso que nos ocupa, quien pretende evocar y mostrar la realidad y crudeza de la agonía y muerte social y física de la mujer maltratada. No obstante, en tal propósito conviene distinguir dos planos diferentes: por un lado, el de la muerte figurada, el del anonadamiento del capullo de rosa que reposa bajo una lápida de hojarasca, o si se quiere, el de la muerte de la autoestima y de la dignidad identitaria de una persona víctima de los malos tratos, como así se presenta en el primer poema; y por otro, el de las agresiones físicas, el de las heridas reales, de los moratones en todo el cuerpo, de las calvas en la cabellera, de los navajazos en el vientre, de los huesos quebrados y de los dientes partidos, esto es, el de las manifestaciones somáticas del deterioro paulatino que sufre la víctima, el de su muerte gota de sangre a gota de sangre, que inexorablemente la conducirá a la muerte definitiva, como ocurre en el tercer poema.

La expresión "una mujer sin nombre" hace referencia a todas y cada una de las mujeres víctimas de la violencia de género, que son las tristes protagonistas de esta historia, las desgraciadas destinatarias de los golpes, insultos y menosprecio propinados por cualquier protomacho. El capullo de rosa yacente en el suelo, arrancado del rosal por el viento, de un zarpazo letal, y la guitarra, hecha astillas después de haber sido golpeada contra una piedra, representan la mujer sin nombre, la desahuciada víctima anónima de las humillaciones y de las palizas. Y aunque la indeterminación de la expresión "una mujer", que no nos remite a ninguna en concreto, y sí a todas en su conjunto, una a una, por una parte; y por otra, la significación de la expresión "sin nombre", que connota indefinición y lejanía nos puedan conducir a creer que el poeta intenta abordar la cuestión desde un plano meramente especulativo, sin ninguna implicación, y desatendiendo cualquier compromiso con las afectadas, como si estuviera hablando de mujeres en abstracto, nada más lejos de la realidad. Y es que no se trata, ni mucho menos, de pasar lista o de presentar a nadie en sociedad; se trata, más bien, de acercarse a cada una de las mujeres que padecen una situación de maltrato, de ayudarlas a levantarse del suelo, de limpiar sus heridas con un lienzo de amor y de acariciar sus mejillas cenicientas, hasta que en ellas aflore el arrebol, con una ternura comedida, con una compasión fraterna y con una condolencia sincera.

Igualmente resulta desconcertante, cuando no pintoresca, la utilización del recurso estilístico de la técnica periodística en el formato del poema "La corona de espinas", así como la presentación del poema "Condenada" en forma de canción; puesto que, en un caso, nos sugiere la frialdad de un fotógrafo de la realidad, el distanciamiento de la objetividad de un observador neutro, y en el otro, el descargo de la conciencia social en una retórica plasmada en una lírica popular vertida en ripios. Sin embargo, tales circunstancias no son ni gratuitas ni aleatorias. Es más, nos muestran de un modo inequívoco la doble intencionalidad del autor. En primer lugar, éste busca captar el interés del lector, formulando un titular noticioso impactante, tal y como sería trascrito en la primera página de un diario; desarrollando después el contenido de su denuncia, por medio del uso de la técnica de la "crónica", que le permite hilvanar los diferentes aspectos de la misma y argumentar los diversos estados anímicos de la mujer maltratada, a través de la variable situación que vive un capullo de rosa, como si de hechos objetivos se tratara; y por último, insertando la notificación de la defunción del capullo en un texto en forma de esquela, al estilo de los recordatorios de la sección de "necrológicas" de cualquier periódico.

En segundo lugar, el autor se propone el objetivo de remover las entrañas del lector, asegurándose de que su mensaje penetre por sus oídos, fluya ligero por las venas y cale hondo en su conciencia. Para ello, nos invita al canto de unos versos sencillos, muy rítmicos y fáciles de aprender, con un contenido nítido y directo, reforzado con la repetición de un elocuente estribillo que sanciona el "status" de "condenada", de condenada a no proyectarse en una humanidad plena, inherente a la condición de mujer maltratada.

En el primer poema, el poeta se centra, sobre todo, en la vivencia íntima e intransferible de la tragedia de un capullo de rosa que cae al suelo, abatido por la fuerza de un vendaval. El capullo representa la infancia efímera de la rosa, que aún no ha llegado a ser tal. Es la potencialidad de ser flor que se malogra por el impacto de la violencia del viento. Es, por tanto, el símbolo de la mujer coartada en su actualización de humanidad, o mejor dicho, el símbolo del estado de precaria humanidad, propio de la mujer agredida, que no puede superar el periodo de la infancia, entendida ésta no como un estado de desarrollo fisiológico, sino como un grado en la evolución de la personalidad.

El vendaval, la ventisca o el huracán son tres formas distintas de decir "violencia" o "abuso" de la fuerza. Ésta es principalmente de índole física; aunque por extensión se sobreentiende también el maltrato psicológico y el sometimiento por causa de dependencia económica, debido a la incidencia que ambos tienen en la degradación de la autoestima y en la tara de la consolidación de la identidad personal. Son, obviamente, expresiones metafóricas de un golpe en la cabeza, de unos puñetazos en la cara, de una paliza en todo el cuerpo, de una quemadura de fuego o de ácido en los senos, de una amenaza explícita, de una vejación, de un insulto, de la tortura, de la violación repetida en el tálamo compartido, del abandono, de la penuria económica, etc... Y no hay que olvidarlo, el vendaval es muy poderoso. Arranca de un solo golpe el capullo del rosal, y lo lanza al suelo. Éste está inerme, desnudo frente al fornido gigante, cautivo de su propia impotencia. Y no tiene otra opción que la de llorar lágrimas de sangre, la de descarnarse en un inevitable desprendimiento de pétalos, que se marchitarán sin haber llegado a abrirse. Del mismo modo, la mujer maltratada llora su pena, mientras se ahoga en el paroxismo de una lenta agonía, al tiempo que es testigo del entierro de sus sueños, esos que han ido rompiéndose, uno a uno, con el dolor de cada agresión infligida. "Condenada a vivir\ condenada\ a vivir por vivir".

Y todo esto acontece en el rosal de las rosas muertas, que languidece a la sombra de un muro en ruinas. Este rosal es el conjunto de las mujeres que no llegan a realizarse como mujeres y, por consiguiente, tampoco como personas, tanto en cuanto sólo pueden serlo en su calidad y por su condición de mujeres. Ellas son las víctimas de una castración deshumanizante que afecta a la conformación de su identidad personal, consistente en la anulación de la realidad esencial que les es propia, a saber: la de ser un individuo participado del principio natural de auténtica igualdad de todos los seres humanos. La castración se explicita en la preponderancia y la hegemonía factual de los hombres sobre las mujeres, única y exclusivamente por el hecho de ser hombres. "Condenada a tener que ir\ condenada\ por la senda de otro sin desliz".

Por su parte, el muro simboliza la intimidad del espacio familiar, el templo de la impunidad, el ara sacrificial donde las mártires inocentes del amor son masacradas, en el más absoluto desamparo. La sombra que proyecta ese muro se llama privacidad, aunque mejor debiera llamarse indolencia social. Esa sombra es la oscuridad de un túnel sin salida, la tiniebla hecha circunstancia cotidiana, la noche que vela el color de la sangre y el abismo insondable en el que se pierden los gritos de dolor, los alaridos de pánico y las imploraciones de auxilio proferidas por las víctimas. Además, el muro está desvencijado, lo cual significa que los cimientos del santuario de la familia, del lar, se han resquebrajado, que las promesas de respeto han sido incumplidas y los sueños profanados. Y por las grietas abiertas en las paredes se escurren la esperanza y el futuro, ese que el capullo besa desde el suelo y que nunca disfrutará, porque justamente yace en él, desgarrado, mortecino. Como tampoco podrá tenerlo en sus manos esa mujer habitada por el horror y el miedo, que sufre en silencio ninguneada bajo las losas de su tumba. "Condenada a servir\ condenada\ una servidumbre sin porvenir".

Ciertamente, la agonía de esta mujer es inefable, por lo que el poeta recurre a la metáfora de "la corona de espinas", que representa simbólicamente el sufrimiento continuado, la humillación más flagrante y el escarnio más despiadado. "Condenada a sufrir\ condenada\ un sufrimiento sin matiz". Y por añadidura, presupone la desconsideración total y absoluta hacia su portadora, en este caso hacia la reina de los dolores, a su majestad la reina de los cardenales y de los huesos rotos, que en su anonadamiento no tiene otra salida que el silencio, la aceptación de la tragedia y la interiorización de la angustia, las cuales ha de asumir irremisiblemente como consecuencias derivadas de su responsabilidad "culpable" en el devenir de los hechos. "Condenada a consentir\ condenada\ una existencia infeliz".

En consecuencia, no es extraño que esta princesa pisoteada huya de su "culpabilidad", y busque refugio en su soledad lacerante o, si no, en la misericordia social, a pesar de que ambas resulten decepcionantes y, lo que es peor aún, fatídicas. Esto mismo es lo que hace el capullo que se oculta bajo el manto de la hojarasca, para que nadie lo vea sufriendo el ayuno de una vida alienada.

La hojarasca es la sociedad que calla. Somos todos y cada uno de nosotros, con nuestra indiferencia, nuestra despreocupación, nuestro mirar hacia otra parte, cuando no nuestro mirar hipócrita. Es el pálpito de nuestros corazones impávidos. Y es, también, la esquizofrenia de unas leyes absurdas que preconizan la igualdad de todos los sujetos de derecho, pero que de facto posibilitan la desigualdad real entre las personas, por razón de género; es la conformidad con algunos postulados éticos, fundamentados en un sustrato cultural o tradición, que proclaman la primacía del hombre sobre la mujer y el sometimiento de ésta a los dictados, los proyectos e incluso a los caprichos o veleidades de aquel. Y así como el capullo se esconde en la hojarasca para evitar la vergüenza de su claudicación por la fuerza a los azotes del viento, la mujer maltratada busca indiferenciarse en el tumulto de la gente con sordina, en la muchedumbre de ciegos y sordos que, a pesar de que no quieran saber de su calvario, ni de nada que no sea ellos mismos, le proporcionan la engañosa panacea social del "totus revolutus", el consuelo de una complicidad que, en realidad, no es sino la consagración del principio de identidad individual en la uniformidad social. Busca, sí, ingenuamente, un refugio en la tramoya del teatro de la vida, sin querer, casi por inercia. Y lo hace, desgraciadamente, sin darse cuenta de que las hojas secas que somos nosotros los títeres protagonistas de la obra bufa de la existencia humana se hallan al otro lado del escenario, en la distancia del palco o la platea, y que éstas nunca participarán en su tragedia, ni siquiera como espectadoras, ni que tampoco extrañarán su inevitable pérdida. ¡Cómo van a hacerlo, si de ella las separa el telón del egoísmo, la otra hojarasca, la niebla de la desidia!

En esta coyuntura el destino del capullo de rosa se cumple en su permanencia en un perpetuo estado de capullo, de títere en manos del viento que jamás devendrá en rosa, porque se marchitará enterrado en la cal del olvido, bajo la lápida de la hojarasca, en la tumba de un muro. Y, paralelamente el epílogo de la tragedia de la mujer maltratada se resuelve en su consentimiento en ser querida como una muñeca dispuesta a obedecer a su dueño sin ofrecer ninguna resistencia, o lo que es lo mismo, en la aceptación de ser un espectro que malvive en el mausoleo de su casa, invisible a los ojos de los demás vivientes. De esa manera, y sólo así, se librará del castigo por la osadía de querer ser una persona, siendo como es una mujer, y comprobará que el huracán torna en viento frío, que el viento se transforma en brisa y que la brisa será caricia y arrullo. Entonces, ya nadie la golpeará, y los gritos de dolor se ahogarán en el murmullo de la hojarasca humana.

Y con todo, puede que al final el lapidamiento parcial de la infortunada mujer-marioneta no sea suficiente. Puede ocurrir, como de hecho ocurre demasiadas veces, que su dueño y señor la sacrifique en un horrible holocausto, en un ejercicio de prepotencia fundada en una suerte de imperativo natural ilusorio, que pretendidamente le confiere la potestad absoluta sobre su vida. "Condenada a esculpir\ condenada\ su epitafio a la hora de morir".
El poema "El último acorde" afronta esta cuestión con una sensibilidad exquisita, poniendo de manifiesto no sólo la inconmensurable crueldad del martirio de toda víctima inocente, sino también la obnubilación y la frustración del verdugo, que en su locura se siente un justiciero y no el asesino que efectivamente es. En el poema, el asesino es un hombre de falsa hombría y huera soberbia, o sea, un protomacho de tres al cuarto, y la víctima es una guitarra, que él hace astillas golpeándola contra una piedra.

¿Y por qué no? Si es suya. Es lo que parece creer el infausto héroe de la tragedia. Y su creencia se sustenta en una concepción de la guitarra, esto es, de la mujer que representa, como un mero instrumento de formas oblongas, con contornos muy marcados, extraordinariamente sugerentes, casi voluptuosos; instrumento, en el sentido de mujer útil, objeto, no persona, no autónoma, no libre pensante. Es decir, cosa para usar, posesión, ser enajenado, realidad insustanciada. Y es que la guitarra no siente la alegría que emana de sus acordes. Ésta sólo adquiere significado en el disfrute de quien la toca, de quien la instrumentaliza. "Condenada a no reir\ condenada\ la alegría de sentir".

La guitarra yace en el suelo, sangrando notas mudas por el vientre, malherida, moribunda. Su último acorde, el beso definitivo, se lo llevó el "viento". Y ahora calla, porque todo queda dicho con su muerte. Y su silencio es la lanza de una nueva y desconocida angustia, la angustia del que la ha perdido para siempre. Es el desconsuelo del amante que sostiene en los brazos el cadáver de la preciosa muñeca de carne y hueso que acaba de romper. Era suya, así lo presuponía al menos, y ahora está muerta. No será de nadie. De nadie. Nunca más.

Pero, el tiempo pone a cada cual en su sitio. Y para el asesino transcurre en segundos de remordimiento, en ecos de carraca de cigarra, en sones de letanía. Y él, que presa de la canícula partió inmisericorde la guitarra en varios pedazos, como quien en un arrebato de estúpida cólera asesta diez puñaladas a una mujer desvalida, lamenta el crimen que ha perpetrado. Y llora en silencio. Llora a pie del árbol de los recuerdos, en el que anidan la alegría, las confidencias y las caricias muertas y en el que florecen las lágrimas no vertidas. Llora, porque todo ha acabado: las sonrisas son una mueca de dolor; los susurros, sollozos; los dedos, gélidas agujas de cristal; la vida, un crimen inútil; y el amor, una asignatura pendiente.
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