Poemaria

Home Poemarea LA PRIMAVERA FALLIDA

LA PRIMAVERA FALLIDA

E-mail Print PDF
TRES ELEGÍACAS


"El árbol del cementerio"
(Romance)


Porque todo estaba muerto.
Porque no había mes de mayo.
Porque del vacío y el absurdo
el futuro era un esclavo.

Otro día en la pequeña aldea
que los hombres despoblaron.
Otro día sin horizonte,
cautivo en su propio ocaso.

Otro día de soledad,
que el alba pinta de blanco.
Otra noche de silencio
en los valles y los campos.

Las casas de piedra y adobe
enmohecen en su letargo.
Y se desploman agónicas,
como gigantes de barro.

En el viejo campanario,
las campanas, con su canto,
ya no tañen los domingos,
llamando a misa a los beatos.

Subiendo por una loma,
hay una cruz en lo más alto.
Y en medio del cementerio,
un majestuoso y noble árbol.

Es el guardián del recuerdo
de aquellos seres humanos
que habitaron estas tierras,
y ahora yacen entre cardos.

Los que quedaron con vida,
con la ilusión en sus sacos,
huyeron del infortunio
hacia un destino macabro.
Nadie sabe adonde fueron,
pues no dejaron recado.
Pero el tiempo pasa y pasa...
Y así pasarán los años.

Cuentan los vientos la pena
que siente el árbol serrano,
cuando ya es la primavera
y nada crece en los pastos.

Porque todo estará muerto.
Porque no habrá mes de mayo.
Porque del vacío y el absurdo
el futuro será esclavo.


"El borriquillo"
(Romance)


Un manto de soledad
cubría los campos de trigo
que un burrito atravesaba,
en silencio y con sigilo,
para que nadie supiera
que él era un burrito vivo,
con un corazón que late,
con un corazón de niño.

Apuntando sus orejas
a las nubes de un destino
ahogado en escarcha y niebla,
caminaba el borriquillo
por un camino muy largo,
serpiente de tierra y grijo,
que todos los días andaba
para ir a la venta del río.

Nunca faltaba a la cita.
Nunca se quedó dormido.
Y así, con la luz del alba,
comenzaba su periplo,
llevando la carga a cuestas,
con gracia y porte muy digno.
¡Que era un jumento sin tacha!
¡Que era un notable borrico!

Ni el calor de la meseta,
ni el frío viento de los riscos
horadaban su pétreo ánimo.
Porque siempre era lo mismo:
Caminar y caminar
sin salir del laberinto,
pasar, y sólo pasar,
por la vida sin ser visto.

Pero un triste día de invierno,
un desgraciado domingo,
a la llamada de su amo
correspondió con gemidos.
Y no era fingido llanto,
ni ganas de amor o mimos,
sino el dolor de quien moría
ahogado en su propio grito.

Sin más pasaron las horas,
hasta el instante preciso
en que el beso de la muerte
lo llevó a la paz del limbo.
¡Se fue el jumento sin tacha!
¡Se fue el notable borrico!
Y la historia de una vida
terminó en un cobertizo.


"La hiel del destierro"
(Romance)


¡Nunca olvides aquellos días,
hijos difuntos del tiempo!
¡No olvides la primavera
que aquel traicionero invierno
asesinó por la espalda,
a golpe de nieve y de hielo.

¡No olvides la desventura
que en el lejano destierro
sufrieron aquellos hombres
forjados en hierro y fuego,
cuando un témpano de hiel
enterró todos sus sueños!

¡Nunca olvides lo que viste
esos días de horror y miedo!
¡Recuerda la luz del alba
y la ilusión del comienzo,
que la escarcha rota en sangre
anegó de desaliento!

¡Recuerda los corazones
perdidos en el desierto
de aquel cementerio blanco,
en donde yacen los cuerpos
de aquellos seres humanos
que siempre estuvieron muertos!



LA PRIMAVERA FALLIDA

Los tres romances pertenecen a la obra El ser vencido. En la presentación de la misma, el autor no oculta su admiración por Antonio Machado. Y es por eso que, al igual que el poeta de Baeza, utiliza la estrofa y métrica del romance, como medio poético más idóneo para narrar historias. En este caso, los romances son la expresión de cada uno de los tres momentos de una misma historia. la historia de un ser humano vencido. Un ser humano que, junto a otros muchos, abandona su tierra, vive una vida absolutamente inadvertida, y muere en el hielo del silencio de una primavera que jamás floreció para él.

El poemario El ser vencido es el manifiesto de una reflexión profunda acerca de las claves del sentido de la existencia humana y de sus circunstancias, desde la perspectiva de los seres humanos vencidos, esos seres humanos que, en el mejor de los casos, visten sus cuerpos con la poquedad y el desconsuelo; esos que deambulan descalzos y desnudos en pos de una salida del laberinto de la vida, expuestos a las inclemencias de la existencia: la lluvia que penetra en el corazón por el gotario del tejado roto de la vida, las tormentas de horror y náusea que producen el dolor y el miedo a morir, las canículas de los desiertos de los sentimientos ahogados en primaveras furtivas, las nieves perpetuas del cementerio del olvido...

El ser vencido pretende ser un crisol de sentimientos, de alas rotas, de pétalos marchitos, de lágrimas vertidas en las tumbas, de vómitos de bilis y de hiel de impotencia. Pretende ser el altavoz del grito silente de las almas desnudas, una bocanada de espanto que se lanza a los lectores.

Estos poemas son una buena muestra de este propósito. En ellos se relatan los tres episodios fundamentales de la vida de un emigrante cualquiera. Un ser humano vencido, uno más, que ha sufrido en sus carnes los zarpazos de las sombras de la noche, que ha sentido el desgarro de la luz en la piel, así como la ceguera que ésta produce en los ojos que miran abiertamente al sol.

El título de cada uno de los romances es muy significativo. El primero es "El árbol del cementerio".

El árbol del cementerio es el mudo testigo de la desolación que reina en un pueblo abandonado. El pueblo mismo es un enorme camposanto: las campanas no tañen, los campos no florecen, los árboles no dan frutos, las casas son espectros fantasmagóricos, los amaneceres son estertores de soledad, las noches son párpados cerrados por el olvido, y la primavera es el manto silencioso de los campos yermos.

"¿Adónde se fueron los hombres?" parece preguntarse el poeta. Y, cuando dice "hombres", dice niños y niñas, mujeres, ancianos y abuelas, dice seres humanos. Y amigos y amigas, padres y madres y amantes. Y sueños, romerías, besos, risas, algarabía, fiestas, llanto, entierro y luto. Dice plegarias, oración, juegos, escuela, ayuntamiento, fuente, hogar y chimenea. Dice arado, tierra, hierba, flor, lluvia, sol y navidad.

Todo eso dice, pero nadie le contesta. Nadie sabe adonde fueron los "hombres".

Y el árbol del cementerio, todos los otoños, llora hojas de recuerdo, que cubren las tumbas sin nombre de la aldea olvidada.

¡Cuántos pueblos y aldeas despobladas! ¡Cuántas raíces rotas!

Esta es la primera consecuencia del éxodo de los "hombres": la muerte de la primavera, o sea, el desierto de un mes de mayo vacío de futuro, el enterramiento del tiempo y la fosilización de una historia colectiva. Y es esto lo que se quiere significar, cuando hablamos de la realidad del primer momento del periplo vital de un emigrante

El segundo momento de dicho periplo es la dura realidad del desarraigo, la soledad y la enajenación de los propios pálpitos que padece el recién llegado al anhelado paraíso de la prosperidad y el bienestar soñados. El romance, "El borriquillo", es un excepcional testimonio poético de este momento.

El borriquillo representa el desvanecimiento de los sueños, el silencio de los sentimientos y las pasiones, la claudicación de los latidos de un corazón vivo, el luto de una sonrisa.

El borrico es, en definitiva, la metáfora de un ser humano deshumanizado y, por ende, actualizado en mero animal. Es ésta la consideración que se merece, el trato que reciben la mayoría de los emigrantes, por parte de no pocas personas. Es este el destino que les tiene reservada la determinación de quienes acorazan el bienestar con el muro y las alambradas del egoísmo, la falta de escrúpulos de muchos miserables pájaros de cuenta y la estulticia de los gobernantes.

Y, ante esta gigantesca fortaleza de iniquidad, ¿qué pueden hacer los desheredados de la tierra? ¿Callar? ¿Agachar la cabeza? ¿Portar con dignidad las graves alforjas que carguen a sus espaldas los pretendidos "dueños" de sus vidas? ¿Pagar con la clandestinidad, el estigma de su identidad en la frente o la cárcel la insolente osadía de perturbar la paz de los honorables ciudadanos autóctonos?

Pues, probablemente, no les quede más opción que la lucha por la preservación de la dignidad humana. Y, del mismo modo que ni el soporífero calor de la meseta ni el viento gélido de los riscos horadan el pétreo ánimo del borriquillo, así deberán éstos ser junco que se pliega a la corriente violenta del río, pero que no se rompe y, cuando ésta pasa, vuelve a arbolarse majestuoso; deberán ser roca que aguanta los embates de las olas embravecidas; en fin, deberán ser el sujeto de un espíritu incólume.

De todas formas, el goteo de los segundos, la impavidez de las circunstancias y el discurso de la cotidianeidad, esto es, la realidad descarnada y lacerante hacen prácticamente imposible el logro de este propósito de dignidad humana. Esta realidad es un laberinto de muy difícil salida, por el que el emigrante ha de caminar indefectiblemente, igual que el burrito, que camina y camina, siempre en la misma dirección, siempre a la misma meta. Y, ¡qué largo es el camino que no conduce a ninguna parte! ¡Qué maldito!

Es éste el camino que va haciendo el burrito. Día tras día, palmo a palmo, dolor tras dolor. Quizá, por eso, él apunta sus orejas al cielo, buscando el horizonte en las nubes, que son el último reducto de su libertad.

Es evidente que la condición de la dignidad humana está intrínsecamente vinculada al ejercicio efectivo de la libertad, y viceversa. La consecuencia inmediata que se deriva de la asunción del contenido de esta afirmación es que la vida del emigrante es pura y simplemente una condena arbitrariamente impuesta por los dictados injustos de determinadas clases sociales que se arrogan la prerrogativa de establecer categorías de humanidad que le niegan a éste derechos fundamentales. Es un castigo que se inflige a los más débiles, a los que se ven obligados a caminar desnudos y descalzos por la senda bacheada y pedregosa de la resignación. Es un calvario que han de vivir, para sentirse vivos, un martirio que han de aceptar para satisfacer los delirios de poder de algunos iluminados y la canina de seres humanos que sienten algunos depredadores sociales.

¿Dónde está el horizonte? ¿Qué nube llevará en volandas al emigrante, hacia un paraíso habitado por seres humanos unidos en genuina fraternidad?

Lo mismo que el burrito, ¿deberá pasar y pasar, vivir la vida sin molestar, inadvertido, sin ser tenido en cuenta? O sea, sin un lamento, sin ninguna protesta, ni llanto, ni mimo, ni gemido. ¿Deberá vivir huyendo constantemente de si mismo? ¿Deberá morir para alcanzar la humanidad?

Quizá, sólo entonces, alguien recuerde, como se señala en el romance, que el emigrante muerto era un ser humano sin tacha, una persona muy noble y digna.

Y, precisamente, es ésta la verdad que reivindica el tercer romance , "La hiel del destierro".

La hiel del destierro hace referencia, por un lado, al invierno de la indiferencia de las personas, que con sus prejuicios y actitudes, asesinan por la espalda, a golpe de hielo y nieve la primavera de los sueños del emigrante. Es la hiel de la traición de los seres humanos a su propia humanidad, hiel que rezuma miseria y un hedor nauseabundo, hiel vomitada en témpanos de maldad, que entierran bajo losas de desventura los cuerpos, forjados en orgullo y fuego, de los infortunados emigrantes. Y, por otro lado, se refiere a la necesidad del recuerdo. Es una súplica que pone de manifiesto la importancia de la memoria histórica.

El pasado está enterrado en el cementerio del destierro. Los días son, sin duda alguna, hijos difuntos del tiempo. Pero, éstos brotan cada mañana de la tierra que los contiene en borbotones de sangre. Sangre derramada en antiguos holocaustos, sangre de recuerdo. Sangre de futuro, sangre que se renueva en gotas de escarcha. "¡Nunca olvides lo que viste esos días de horror y miedo!" es el grito del poeta. Y es cierto, no podemos olvidar que, debajo de la escarcha, la nieve o el hielo, los corazones de los emigrantes, de los desterrados laten con inusitada fuerza.
  Volver

Buscar