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COMO EL SALITRE EN LA PIEL

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LAS AGUJAS DEL RELOJ

(De "Cartas a Fan")


Las agujas del reloj
son los puñales de tu ausencia.
Puñales de un tiempo muerto
que se clavan hondo en el corazón.

De la herida abierta, brota el miedo.
Miedo que, en un hilo de anhelo y angustia,
corre por el pecho y el vientre.

Asustado, te busco en la oscuridad.
Hurgo en las formas de las sombras.
Escarbo en la soledad de mi cama.

Pero todo acaba en un instante.
Porque estás aquí. En el aire que respiro.
Aquí. En mi piel. En mis manos.

Huelo tu perfume. Veo la noche de tus ojos.
Y acaricio tu silueta
presa en las arrugas de las sábanas.

Estás aquí, curando mi llaga
con las lágrimas del recuerdo.
Estás aquí. En la voz del silencio.
Susurrándome tu amor al oído.




FAN, FAN, FAN.

(De "Cartas a Fan")


Fan, Fan, Fan.
Tú.
Tu nombre.

Cuando digo tu nombre,
tu imagen se dibuja en una nube
que se eleva al techo de la habitación.

Y una nube, y dos nubes, y muchas nubes
cubren el cielo
y lo llenan de ti.

Y yo espero a que llueva.
A que la lluvia me moje
y me cale de recuerdos hasta los huesos.

Fan, Fan, Fan.
Una y otra vez repito tu nombre.
Tu nombre.

Y el eco de mi voz
se impregna en las paredes,
como el salitre en la piel.

Y huelo a mar. A nostalgia.
Veo el oleaje de tu pelo,
tus ojos, tu boca.

Sí. Aunque no estés aquí, te siento
cercana como el aire
y, como la luz, presente.





COMO EL SALITRE EN LA PIEL

Los poemas pertenecen al libro Cartas a Fan. En la presentación de este poemario, el propio autor lo define como la expresión poética de los cinco estadios de una experiencia amorosa vivida desde la distancia. Estos estadios se corresponden con los distintos momentos anímicos vividos por un amante que sufre una separación circunstancial de su amada.

Cada uno de los estadios se refleja en una carta. Y cada carta se concreta en un texto escrito en prosa que, a su vez, se desarrolla en un número diferente de poemas, según la carta de que se trate. El texto en prosa avanza un resumen general del contenido de los poemas que componen la epístola, así como la situación anímica del amante que motiva la escritura de la misma.

Estos poemas son los dos únicos que se presentan en la primera carta. En ella el poeta muestra, bien a las claras, la nostalgia del amante que advierte la noche de la lejanía, la angustia que le produce la sensación de estar muerto, el dolor que le constriñe el corazón al saberse solo, y la obsesión por vivir, sentir, tocar, abrazar y besar a la amada de la que le separa un océano.

La nostalgia, la angustia y el dolor se reflejan de un modo explícito en los versos de las primeras estrofas del primer poema. Para el amante solitario, el tiempo pasa lento, mortecino, como si las horas fueran las losas de la eternidad. Por eso las agujas del reloj son puñales que abren una herida por la que sangra la ausencia de la amada en un borboteo de miedo y angustia. Sin la amada no hay vida posible, sin ella sólo queda el dolor y los recuerdos. Y así lo manifiesta en la carta: "Fan, qué largas son las horas en la habitación de un hotel. ¡Y qué vacías sin ti! Te siento lejos, tan lejos.... Es como si la distancia fuera un puñal que las circunstancias han clavado en mi corazón. Un puñal que me desangra. Sangre que mana y mana. Sangre de color de ausencia".

El amante inicia la carta describiendo los objetos que le rodean en la habitación del hotel. Allí se siente solo y moribundo, se siente como en un cementerio, compartiendo estancia con los muertos. Así escribirá: "El viento no despeina a la chica del calendario que cuelga de la pared. Ni el frío o el calor, ni el tiempo marchitan las rosas del jarrón que está sobre la mesa. Aquí todo es artificial. La chica es simplemente una cara en el papel, una sonrisa estampada. Y las flores son de plástico, son cadáveres que no acompañan a mi soledad".

La soledad se convierte, por momentos, en un estado febril paranoide, que sólo encuentra alivio en la recreación de la imagen de la amada, en una presencia tan real como necesaria. El amante es consciente de su soledad. Y si bien es cierto que ésta le escupe a la cara y le grita repetidamente "estás solo, estás solo, solo", no lo es menos que él busca de un modo obsesivo la presencia de la amada en sus juegos fantásticos, en los sueños, en el espacio físico cercano y en los elementos vitales fundamentales.

Él mismo lo reconoce en distintos pasajes de la carta: "Algunas tardes voy al puerto y me siento en la grada del muelle. Allí juego a que estás a mi lado, a hablarte, a decirte que te quiero, a repetirme una y otra vez tu respuesta: "yo también", "yo también". "...Imagino que voy a tu encuentro en un barco que se pierde por el filo del horizonte". "Esta noche he soñado contigo. Dormías abrazada a mí. Desnuda, saciada de amor. Yo acariciaba tu cabello y, cuando te iba a dar un beso, me he despertado sobresaltado.

Estaba empapado en sudor. Solo, de nuevo solo". "...Yo no puedo hacer otra cosa que escribirte estas líneas, para seguir pensando en ti hasta que el hilo de la aurora penetre por la contraventana entreabierta, anunciando un nuevo día".

Esta búsqueda desesperada, dramática, se convierte en un delirio de amor, en un rapto de enajenación, en las estrofas del primer poema. Ahora, la búsqueda se concreta en el espacio de la habitación: en la oscuridad, en las formas de las sombras y en la cama vacía. Y, contra todo pronóstico, el resultado de la misma es, cuando menos, gratificante. Sí, el amante siente que la amada es el aire que respira, el tacto de sus manos, el calor de la piel húmeda y la noche que lo posee. Y percibe, sin ningún género de dudas, la fragancia de su perfume, ve el abismo inescrutable de sus ojos y toca el anhelado cuerpo del ser querido. Ese ser querido que le corresponde curando las llagas lacerantes de su tristeza con el bálsamo de los recuerdos conformados en lágrimas, y susurrándole su amor al oído en la voz del silencio.

En efecto, los recuerdos, bien sea en forma de lágrimas, o bien de penetrante lluvia que cala hasta los huesos, posibilitan la presencia de la amada. Una presencia omnímoda, que adquiere un carácter alucinatorio en los versos del segundo poema. En esta ocasión, el amante llama a la amada repitiendo su nombre constantemente. Y el nombre se dibuja en una nube, y en muchas nubes. Y las nubes son la sonrisa, la mirada y las caricias que lo envuelven y lo habitan. Son, por decirlo así, la esencia de la vida, como el aire, como la luz que son intangibles, pero del mismo modo necesariamente presentes. Al final del poema el deslumbramiento se hace voz. Y la voz eco que reverbera en las paredes, impregnándose en la pintura, como lo hace el salitre en la piel. Y entonces el nombre es mar, y el cabello de la amada suave oleaje, cuya contemplación tranquiliza el alma.

Precisamente, el título de la primera carta es "como el salitre en la piel". Es un título muy significativo, porque en él se representan, de un modo metafórico, las dos constantes que subyacen en ambos poemas. Por un lado, el salitre hace referencia a la mar. Esa mar que es distancia, lejanía, nostalgia y horizonte; pero que a la vez es también punto de encuentro de dos corazones ensamblados en un único latido, por la mediación de las olas que nacen en un extremo del océano y llegan al otro extremo portando los pálpitos del amor. Y por otro lado, la piel simboliza la soledad, la impotencia y la angustia de la separación física. La piel es el límite del cuerpo, nuestra forma precisa. Es lo que nos hace presentes ante los otros, o ausentes, si no estamos piel a la vista de ellos. Es así que el amante busca la piel, el cuerpo de la amada, en la presencia de los recuerdos, y disfruta de su cercanía, sintiéndola en los juegos, las imágenes, los sueños y en la realidad del aire y la luz.

Ciertamente, la mar penetra en nosotros a través de los sentidos. Y se queda en el alma, y la consuela, la aviva, o la tonifica; pero donde más nos afecta es en la piel.

En ella la sentimos vivamente como algo que es nuestro y que, al mismo tiempo, no es nuestro. Sí, la piel es lo más nuestro, y la mar lo más ajeno; sin embargo, cuando el salitre penetra en la piel, la mar y el amante son lo mismo. Y la mar es el corazón de la amada hecho agua. Y la amada y el amante son definitivamente un todo, una unidad indisoluble.

Al fin, por tanto, ha triunfado el amor, ha merecido la pena quedarse algunas tardes en el puerto "hasta que el sol se hunde en la mar, y la mar misma se desdibuja entre la bruma" (como asegura el amante en un pasaje de la carta), y salir al encuentro de la amada, imaginándola en las sombras de la noche, en el cosquilleo que produce en los pies el lametón de una ola y en la fuerza y la constancia de la mar.
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