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LA VERDAD EN OBRA

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INERTES

(de "Silencios")


1

Piano mudo.
Piano oculto por una sábana cenicienta.
En la casa deshabitada
eres como una ara al silencio,
el silencio de un cementerio.
Silencio que es la presencia de los cadáveres.
Silencio que es la voz de los objetos olvidados.

Te he quitado la mortaja de polvo,
y he descubierto tu reluciente negrura.
Negro. Piano, eres muy negro.
Como un ataúd
abandonado en el cuarto de la música.
Te he tocado, piano, como se toca el hielo.
Y estás frío, muy frío. Frío como la muerte.

El atril de tu frente está vacío,
como vacía está una calavera.
Y como una calavera, piano,
muestras tu dentadura perfecta e impoluta.
Pero sigues mudo. Inexpresivo.
Ni una carcajada, ni un gemido, ni una nota;
tus sonidos se perdieron para siempre.


2

Viejo zapato,
eres una cosa absurda.
Cuero amorfo.
Un desecho
que está ahí en el suelo,
Presente, solo, sin nombre...

¿Dónde está tu pareja?
¿Dónde tu usuario?
¿Qué caminos recorristeis juntos?
¿Cuántas veces te hundiste en el barro?
¿Cuántas fuiste espejo en el que se miraba la luna
o noche alumbrada por luces de neón?

Silencio. Silencio.
Tu puntera rota es una boca abierta, muda.
Una tumba que oculta una lengua
abarquillada y muerta.
Eres eso: silencio, cadáver.
Nada.

Nada, objeto inútil.
Nada. Nada. Nada.
Nada en medio de la acera.
Nada que me molesta.
Nada que recojo del firme
y tiro a la basura.



LA ESENCIA DEL ARTE


Todos sabemos qué es un piano: un instrumento que sirve para interpretar piezas musicales. Del mismo modo, sabemos qué es un zapato: un instrumento que sirve para cubrir los pies.

Según el uso para el que se destinen, por ejemplo, para ser tocado en una sala de conciertos o en la habitación de una casa, en el caso del piano, y para trabajar en el campo, caminar o para el baile, en el caso del zapato, la materia, el tamaño y la forma son diferentes. Mas conociendo esto, sólo llegamos a comprender que el ser instrumento del instrumento consiste en su utilidad. ¿Pero basta con conocer la utilidad de un instrumento para saber por qué un instrumento es un instrumento? A este propósito, ¿no es necesario explorar el instrumento útil en su servicio?

El pianista, cuando quiere interpretar unas piezas musicales, se sienta ante el piano y abre su tapa. Sólo entonces, el piano es lo que es. Sólo es un piano, cuando el pianista lo teclea e interpreta música.

De la misma forma, el caminante lleva los zapatos cuando camina. Y sólo entonces, los zapatos son lo que son. Sólo son unos zapatos, cuando el caminante camina o se para con ellos.

Cuando el pianista interpreta música al piano, la relación y el orden matemático de las notas musicales impresas en la partitura se tornan en sonidos armoniosos, que a través del oído nos llegan al alma. Y el espíritu se siente afectado: a veces, se preña de tristeza o se inunda de recuerdos, otras de esperanza o de primavera, y otras, se contagia de ternura y amor. Y todo esto lo sabe el pianista sin necesidad de considerar el ser instrumento del piano. Porque no ignora que, cuando lo teclea, el piano es la mediación entre las notas musicales y la vida.

Para esclarecer el ser instrumento de un zapato, nos pueden servir de gran ayuda las reflexiones que M. Heidegger hizo acerca de un cuadro de V. Van Gogh. Este cuadro presenta unos zapatos o botas de campesina. En él nada hay alrededor de los zapatos de campesina que nos informe de su utilidad. Sin embargo, por la oscura apertura del gastado interior del zapato se puede apreciar lo fatigoso de los pasos del trabajo y como, en la pesadez del zapato, se ha estancado la tenacidad de la lenta marcha por los surcos. Sobre la piel del zapato está lo húmedo del suelo. En el zapato vibra el apagado llamamiento de la tierra y su silencioso regalo del grano maduro.

A través de ese instrumento, sí, apreciamos la satisfacción del regalo de la vida y la superación de la miseria. Nosotros podemos apreciar todo esto gracias al cuadro de Van Gogh; pero la campesina simplemente lleva los zapatos. Y, cuando se los quita o se los pone, sabe todo esto sin siquiera mirarlos.

Parece ser, por tanto, que si nos limitáramos, sin más, a hacer presente un piano o a imaginarlo solitario en los versos de un poema, e igualmente a hacer presente un zapato o a imaginarlo vacío en el espacio de una estrofa no podríamos comprender cómo es en realidad el ser instrumento del instrumento, no podríamos saber lo que es un piano o un zapato según su utilidad.

Por otra parte, en ninguno de los dos poemas propuestos hay algo que nos indique para qué sirven uno y otro. El piano aparece como un fantasma olvidado en el cuarto de la música, y el zapato como un objeto informe tirado en la esquina de una acera. Además, se trata de un piano oculto por una sábana, y de un zapato amorfo. Siendo esto así, cabe preguntarse qué sentido tiene un piano guardado debajo de una sábana, o un zapato que no es un zapato.

La búsqueda de una respuesta satisfactoria a esta cuestión exige el análisis de la razón o intencionalidad del poeta con la presentación de estos dos poemas.

Éste ha querido mostrar, por medio de ellos, la inutilidad de los objetos que no sirven al uso para el que fueron concebidos, o mejor, el absurdo y el sin sentido de unos objetos inútiles. Principalmente eso; pero, por añadidura, nos muestra mucho más. El piano mudo, oculto por una sábana cenicienta, nos habla de una casa deshabitada. En ella es como un ara al silencio, el silencio de un cementerio. Silencio que es la voz y la presencia de los objetos olvidados. La sábana es una mortaja que esconde la reluciente negrura del piano, que se nos antoja, más bien, un ataúd abandonado en el cuarto de la música. Y lo sentimos frío, muy frío... El atril está vacío y el teclado intacto, como vacía está una calavera, aunque nos muestre su dentadura impoluta. En el poema, está presente la muerte. Así lo referencian las expresiones "casa deshabitada", "silencio", "cementerio", "mortaja", "ataúd", "negrura", "calavera", etc... La muerte viene a significar el sin sentido, el olvido o la nada. Porque un piano que no es un piano, y sólo puede serlo en el sentido anteriormente explicitado, es un objeto inútil, que no cumple la función de intermediación entre las notas musicales y la vida. Es, por decirlo así, un cadáver.

Por su parte, el viejo zapato que se conserva en restos de cuero amorfo nos sugiere, sin ninguna duda, la absoluta desubstanciación de un objeto inútil, esto es, la pérdida del ser instrumento de dicho objeto. Un objeto así es nada, nada. Nada que sólo tiene un sitio: el carro de la basura. Aunque también nos habla de la soledad y del abandono. Y de la vejez, que presupone un pasado incierto, quizá terrible, quizá glorioso. Es un zapato desparejado que pasa por ser una cosa sin nombre que no tiene razón de ser más que un despojo. Pero, al contemplarlo, vemos los caminos que recorrió junto a su pareja, las veces que ambos se hundieron en el barro y, también, las veces que fueron el espejo en el que se miraba la luna o que fueron noche alumbrada por luces de neón. Ahora es simplemente un desecho. Además, su puntera rota es una boca abierta, una tumba que esconde una lengua abarquillada y muda, que es el silencio de los muertos.

Sí, los objetos no hablan, y mucho menos las tumbas. El piano se ha presentado como un ara al silencio. La tapa abierta es una boca que muestra una dentadura perfecta, lo mismo que una calavera; pero que no dice nada porque es la boca de un muerto. Y otro tanto puede decirse del zapato. Su puntera rota es una boca abierta, la puerta de escape del último aliento de quien ya expiró.

De todas formas, el silencio de los muertos puede ser muy expresivo. Sí, en el caso que nos ocupa, la comprensión del sin sentido de dos objetos inútiles nos ha llevado al conocimiento del ser instrumento de ambos. Hemos sabido lo que son en realidad un piano y un zapato, aproximándonos a los poemas. Para ello no ha sido necesaria la observación de un piano o un zapato realmente presentes, ni la audición o lectura del relato del proceso de fabricación de los mismos, y ni tan siquiera la constatación de su utilidad en el servicio. Ha bastado dejarnos raptar por las musas del arte, para vivir la plenitud liberadora de la poesía que, por medio de los versos de los poemas tratados, nos ha descubierto la esencia de un zapato y la de un piano.

Efectivamente, en los poemas se ha puesto de manifiesto la verdad del piano y del zapato real existentes. Esto es, se han manifestado en lo que son y como son en su desnudez. Y se puede afirmar, por ello, que en los dos poemas la verdad se ha puesto en obra, se ha detenido; o sea, dos existentes, un piano y un zapato, se han detenido en ellos a la luz de su ser. De esta manera, se ha cumplido el objetivo fundamental de toda producción artística, a saber: reproducir la verdad de los existentes o dicho de otra manera, la esencia universal de las cosas.






(de "Cartas a Fan")

Sobre la mesa hay una pluma
y una hoja de papel.
Miro la blanca cuartilla.
y veo la realidad desierta.
Veo el espacio vacío
de un universo increado.

Después, observo la pluma encarnada en acero.
Y pienso que esconde en su entraña
el aliento del orden cósmico,
la fuerza de la luz y la esencia del tiempo
palpitando con la cadencia
de los latidos del lenguaje.

Todo lo que existe.
Todo lo que es posible.
Ejércitos de palabras en hilera.
Sueños, caricias
y sentimientos en tinta.

Todo lo que podría escribirte
está en un cartucho de plástico
relleno con sangre negra.
Sangre de recuerdos.
Sangre de futuro.

Sangre de pasión contenida.

Tomo la pluma en mi mano.
Y me enfrento solo a los límites del mundo,
encarando el horizonte
de las verdades inefables.
Y de su punta brota este verso:
Fan, eres el principio...


COMENTARIO DEL TEXTO


La realidad es algo más que la totalidad de las cosas y, también, algo más que la totalidad de los modos en que éstas acontecen.

Del mismo modo, el lenguaje es algo más que la totalidad de los nombres, y más que la totalidad de las proposiciones.

Es cierto que los nombres sirven para designar objetos o cosas, y que las proposiciones representan los modos en que éstas acontecen. Pero las posibilidades del lenguaje no se agotan en la relación isomórfica entre lenguaje y realidad. Esto supondría admitir que la única función del lenguaje es la meramente representativa, es decir, la figuración precisa de la realidad. Y no es así, de ninguna manera.

La significación del lenguaje va más allá de los límites del mundo, entendido éste como la realidad objetiva. Es más, se puede decir que los límites del lenguaje no se agotan en los límites del mundo. Y, gracias a ello, es posible recorrer los caminos que nacen en los confines del mundo de las cosas. Estos caminos no están trazados. Cada uno de nosotros debe encontrarlos dentro de si mismo, y recorrerlos en solitario.

La poesía es, sin duda, un ejercicio de búsqueda de los caminos y quebradas que atraviesan el laberinto de los sentimientos. Es el encuentro vital de un ser humano consigo mismo. Y este encuentro se produce más allá del mundo sensible, en una galaxia ignota, que no es otra que el espacio infinito del corazón.

Cada poema es la crónica de una etapa del viaje al interior del corazón. Es el relato de una jornada escrito en el diario de un caminante perdido en dicha galaxia.

El poema que nos ocupa es una excelente muestra de la toma de conciencia de la potencialidad de la actividad creadora, por parte del poeta.

En este caso, el poeta es un amante que busca las palabras adecuadas que expresen satisfactoriamente a la amada su sentimiento de amor.

Está solo en el empeño, indefectiblemente solo. Nadie más que él siente los pálpitos de su propio amor. Un amor que le desborda y se escurre por los poros de la piel. Y él ha de encarar el horizonte de las verdades inefables, traspasar los límites del mundo y sumergirse en el abismo profundo de su corazón. Pero no puede ser de otra forma. Es la soledad del creador en el momento previo a la creación.

Todo está por decir aún. Lo que existe, lo que es posible, todo, la vida misma se esconde en el interior de un cartucho de plástico. Y por eso la tinta es sangre. Sangre de recuerdos y de pasión contenida. Sangre que ha de brotar en hilos de tinta por la punta de la pluma. Es como si las palabras estuvieran diluidas en ese manantial oculto de tinta negra, y hubieran de aflorar, cubriendo de primavera la cuartilla blanca que está sobre la mesa.

En efecto, para que acontezca el fenómeno de la creación, el aliento del orden cósmico se ha de verter en hilos de tinta que, a su vez, se deberán enredar en palabras que doten de sentido al espacio vacío de ese universo increado.

Entonces, las palabras se alinearán en versos, y serán la luz y la esencia del tiempo del cosmos recreado por la imaginación del poeta.

Y el amante escribirá: "Eres el principio".

El "principio" es la absoluta indeterminación, la pura potencialidad. Es lo infinito, como el amor que se quiere significar. Y es, también, el punto de partida, la vida acontecida.

Ahora todo está dicho. Se ha consumado el acto de la creación.
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