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Sobre Canciones del Gólgota, de Juan Arabia

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La edición del primer libro de poesía de un autor produce dos acontecimientos: uno en la vida de ese poeta y otro en la vitalidad misma del género.
Para el autor, significa ingresar en una nueva dimensión de su escritura, pues abandona el estadio anterior, cuando los poemas son escritos y guardados para sí y para el círculo aislado e íntimo. Se trata del paso de un grupo de sentidos asignados a la esfera de lo privado, a un ámbito nuevo, el público, donde reina la mirada del otro, el que ningún compromiso afectivo o de otra índole tiene con nosotros. El innumerable otro realizará -porque el número y la diversidad son sus características más evidentes- las lecturas más disímiles del texto que, antes de ser editado, tenía una voz unívoca, era vocero de un solo universo: el propio. En vez, al surgir como volumen publicado, el texto ingresa acabadamente en el mundo de la multiplicación, en el de la polisemia: habrá de él continuas reescrituras, precisamente una por cada lector.

En lo que concierne al género en sí, se tratará de una posibilidad de avance o de retroceso, pues ya sabemos que en poesía, la cantidad de títulos publicados en un año no significa necesariamente un engrandecimiento: en la poesía argentina, por citar un exclusivo caso, específico, ha habido años en los cuales el género ha retrocedido, pese a -o quizá también, a causa de- la gran cantidad de primeros, segundos y hasta terceros libros de cada autor que se habían editado. La poesía, como el amor y en menor medida, la muerte, no es una entidad democrática: elige dónde pronunciarse, dónde surgir, qué iluminar y qué dejar para siempre a oscuras. Su manifestación es cualitativa, no cuantitativa: caso contrario, le estaría dando la razón a un ingenuo -vamos a llamarlo así- que me encontró en un restaurante de Buenos Aires, una noche, y me dijo, refiriéndose a una multitud en cuya compañía había ingresado, que estaba constituida por 100 poetas. Me alegré del optimismo numérico del entusiasta, aunque no pude dejar de advertirle que-lamentablemente- no surge un centenar de poetas en un siglo.

Definitivamente, el criterio de la poesía es cualitativo, y es por ello que, si bien nos va a alegrar, inicialmente, de que se edite un nuevo libro de poesía y que el mismo sea el primero que nos entrega asimismo un autor novel, luego, inmediatamente, vamos a querer conocer si en el libro ya se anuncia una voz genuina; si hay vestigios, trazas, evidencias o signos ya indiscutibles de que esa voz crecerá a partir de esos síntomas concretos, de esos gérmenes de auténtica poesía que el buen ojo del lector del género reconoce, cuando están presentes, desde la primera entrega... 

Paradojalmente, la genuina poesía en ciernes parece una materia intangible, inclusive muy difícil de describir; de hecho, nos resulta siempre arduo establecer prosísticamente por qué tal o cual verso tiene una potencia que se impone a la ofrecida por los demás; por qué razones indetallables, hay un poema que sobresale no sólo en ese libro determinado, sino en el conjunto de muchos otros que, con mayor o menor alegría, accedemos a leer en el curso de un año. Por otra parte -aquí radica, creo yo, el núcleo de la paradoja que nos acerca la poesía- esos conjuntos de palabras que restallan bajo la lectura y que poseen una potencia y una hondura inefables, parecen no necesitar mayores comentarios o agregados, desgloses o notas al pie. Están indiscutiblemente allí, y a su lado todo otro detalle parece accesorio, inútil, innecesario, pues dichos desgloses resultan reduccionistas, incapaces de dar cuenta del fenómeno que ofrecen esas originales piezas del rompecabezas castellano, cuya forma no se parece en nada o a lo sumo, se parece muy poco a las de otros fragmentos del idioma.

En el primer libro de Juan Arabia -muy personalmente lo digo- creo advertir destellos de esa voz que elevará luego, enriqueciendo el género con versos nuevos, similares muchos de ellos a los que aquí presenta al lector. Ello quiere decir que aquí, en este volumen, el lector ya podrá apreciar la presencia sacudidora y sorprendente de algunos hallazgos que le debemos al autor; que le deberemos para siempre. Es verdad que todo primer libro acusa influencias visibles, contaminaciones y condescendencias de las que el joven autor es el único culpable; pero también es cierto que aquí, en Canciones del Gólgota, si sacudimos bien la coladera, para que retenga ripio y otras imperfecciones, en el fondo del cubo veremos brillar más de un fragmento de aquello que buscamos al abrir un libro de poesía. En tren de minería literaria, hay aquí una buena veta, la de Arabia, que promete ensancharse pronto: nos queda el privilegio de ser los primeros en leer los primeros versos de este autor, que ha agregado al mundo un objeto que antes no existía, el libro que tenemos en las manos, y algunos mundos más, que son aquellos que él habita.

En principio, vemos que Arabia no se propone escribir como un período de la historia literaria, sino como un poeta, y ello, además de un sano ejercicio de ortodoxia poética, ya es un rasgo de plena originalidad, visto lo fácil que caen en la tentación de ser "contemporáneos a ultranza" muchos de sus compañeros de generación, simplemente porque algunas razones, definitivamente extrapoéticas, parecen imponer esta condición, más propia de la moda que de la letra. Es un primer rasgo de valentía, además de originalidad. Aunque no es lo más importante del volumen, no quise dejar de destacarlo, por lo desgraciadamente inusual y por todo lo que nos dice sobre el autor de estos versos.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, se comprenderá fácilmente, están los rasgos apreciables en la versificación libre de Arabia, donde las palabras surgen de una cosmogonía que está haciendo propia, suya, diseñando los rincones y las profundidades de un universo particular. Este mundo virtual que habita Arabia está en permanente construcción, en continua expansión y modificación. Es un cosmos dinámico, no pasivo, sino continuadamente transformado por la misma escritura que lo expresa; tenemos la certeza de comprenderlo, de haberlo comprendido, casi, al cabo de varios versos que hemos leído; pero ya, a la vuelta de página, nuestro nuevo autor nos brinda un paraje nuevo, introduce flamantes modificaciones en aquello que creímos acabar de abarcar con la lectura y de esta habilidad, principalmente, vienen esas sorpresas que salpican la lectura hacia lo hondo de Canciones del Gólgota. Verso a verso, como era previsible, encontramos esta similitud o aquella otra con algo que ya leímos en diferente sitio; pero separando dentro del mismo verso o del mismo poema esta capa de disfraz, lo que podemos ver claramente es el tratamiento personal que el autor le ha dado a un concepto o una forma que le ha brindado otro. Allí nos embosca una nueva conceptualización que es genuina y propia de Arabia; está entera, evidente, o tenemos de ella un gran vestigio; seguramente, en su segundo libro la veremos más nítida, si es vestigio o evidencia mediana en éste, pero aquello que es nuevo y propio ya del autor se ofrecerá engrandecido y caminará sin duda con pasos todavía más firmes que los que da ahora.

Un tercer aspecto, a tomar en cuenta en este inicial Canciones del Gólgota: trasunta sinceridad. El autor no miente: siente y escribe cuando siente y quiere escribir. No se impone hacerlo, porque vaya a desear escribir perentoriamente un poema. Para Arabia no hay intención o imposición de escritura; este defecto o pecado mortal del género, al que bien podríamos denominar "alevosía seudopoética", que lleva a tantos a forzar la pluma cuando nada hay para decir, da por resultado cuerpos muertos, quizá bellos -si al delincuente literario le dan las mañas- pero exangües, carentes de la más mínima chispa de vida. Es por ello que en lo escrito por Arabia, aunque se noten imperfecciones, todo se muestra como la expresión de lo vivo, que puede ser sufriente -de hecho, así se muestra en buena parte del corpus del libro- pero nunca enfermo por el vicio de escribir sin tener nada que decir, o nacido muerto por la misma causa.
Como dije antes, estas pobres glosas de lo hecho por Arabia en este libro, al contener el volumen genuinas muestras de poesía, no pueden siquiera reflejar a medias de qué se trata Canciones del Gólgota, pero quizá le den alguna orientación o pálida descripción al lector -no el mapa de caminos que él mismo va a construir, seguramente-. Pero si atinan mis palabras liminares a ratificarle que yo, como él, he gozado al encontrar muestras claras del auténtico metal de que está hecha la poesía -entre tanta falsificación al uso, en nuestra lengua y en otras- en este primer libro, estas glosas habrán servido de algo, además de tener el honor de haber acompañado la primera edición, de la primera obra de un poeta de verdad. 

¿Qué mejor, para un lector de poesía, que tener el privilegio de escribir sobre aquello que más le gusta, una vez que lo ha encontrado?

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