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Poesía Lejana A Los Aspavientos

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Enterro do neno pobre

Punteiros de gaita
acompañábano
O pai de negro;
no mar, unha vela
branca.

Os amiguiños levábano
Non pesaba nada.
Abaixo, o mar;
o camiño no aire
da mañá.

Il iba de camisa limpa
e zoquiñas brancas
Os amiguiños levábano
Non pesaba nada.

Entierro del niño pobre

Punteros de gaita
lo acompañaban
Su padre de negro;
en el mar, una vela
blanca

Los amiguitos lo llevaban
No pesaba nada
Abajo, el mar;
el camino en el aire
de la mañana

El iba de camisa limpia
y zuecos blancos
Los amiguitos lo llevaban
No pesaba nada

(Luis Pimentel)


Álvaro Cunqueiro es quizá el autor de más renombre de la provincia de Lugo. Tan polifacético era Cunqueiro y por tantas y tan distintas dianas tiraba sus dardos literarios (desde el apetitoso prólogo de un libro de cocina gallega hasta una imaginativa pieza teatral) que sólo cabría contar una ínfima anécdota en este espacio reservado a los perfiles literarios. Así pues, no es éste, por ahora, su sitio; pero sí es momento para dejar caer algunas palabras sobre otro lucense que, aunque menos conocido, carga su escritura con los valores gallegos más arraigados: Luis Pimentel.

Pimentel (Lugo, 1895-1958) es un personaje que marca una peculiar forma de sentimiento con la que algunos han podido, pueden y podrán sentirse identificados. Escribe con una sutil forma de melancolía, de desplome silencioso, de onda suave, expresa un sentimiento de tímido pero profundo latido, lejos del desgarro de Ted Hugues o la angustia de Silvia Plath, sin cuchilladas ni entrañas desangradas sino con observación continua y parcas palabras. La niebla del Miño parece esperar tras cada página para mojar los dedos del lector, para difuminar las palabras y uniformar el texto. Luis Pimentel es puro sentimiento, pero en absoluto un sentimiento arrebatado.

Dámaso Alonso, entusiasta del lucense, calificó su poesía de selecta y sólo apta para unos pocos. Pimentel, que escribía principalmente en castellano aunque sin dejar de lado el gallego (lengua a la que otros amigos y escritores -caso por ejemplo de Ánxel Fole- volcarían sus poemas), plasmó en su escritura parte de su vida: plena de tranquilidad, de soledad, de observación, de naturaleza, de divagaciones sobre la muerte, de vaho...

Este desconocido -o menos conocido de lo que debiera- poeta sin duda alguna ha dejado constancia en su literatura de unos sentimientos tan hondos que, incluso no habiéndolos conocido, gozado, sufrido o atisbado antes, resultarán al lector cuando menos entrañables, conmovedores.
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