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Alfabeto mironiano

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(Breve recreación literaria sobre parte de la obra de Gabriel Miró, ordenada alfabéticamente.)


A Acróstico a un Alma Azul

Alicante era una ciudad de terrados blancos, con palomas que iban y volvían en el azul.
Gabriel Miró

Amanece mansa la cálida y sosegada
Lumbre estival, nacida en una noche colmada de salitre.
Iluminada atalaya desde donde contemplamos 
Crecer un mar de sol en la azulada cúspide del alba.
Antaño, pergaminos de cobalto expandían 
Notas dulces como arpegios, fragancias espumosas 
Teñidas de un añil imperceptible, mas ahora,
Es esta pétrea fortaleza reflejo trasgresor de lo expandido:

Angulados balnearios adheridos al agua, remansados
Lugares de los que nada queda. Mediterránea estampa,
Memorable ensenada, Lucentum como canto de prófugas sirenas,
Azulada ceniza donde el vuelo se apaga. 

Aromas crepusculados los que vierte la tarde, vertical 
Zumbido cuando anochece, palidez que se instala.
Umbral o desencanto declinando en su cenit, hebra
Lánguida de luz que asume su deriva.


B Bibliografía Básica: Breviario

Verlo y comprenderlo todo es una gran razón de incertidumbre.
Madame de Staël 

Del vivir (1904) 
Sigüenza paladea lo enigmático del paisaje cuando lo contempla. Percibe una clara ebriedad en los parpados del aire, la levedad de la desolación, el éxtasis en las cosas más humildes: el valle perfumado del Jalón, el verdor de sus huertos o esos polvorientos senderos jalonados de lepra y mansedumbre. Recorre los linderos que conducen a Parcent, atraviesa Murla, Orba, Alcalalí o Benichembla, conversando con arrieros, labriegos o mendicantes. Es lo más elevado que un hombre digno puede acometer en favor del sosiego más puro. Esta pureza en Sigüenza consiste en asistir al milagro de lo profano desde la percepción sobrenatural de las cosas más naturales: retorcidos algarrobos, frondosas higueras, el dulzor de la sombra, la oquedad del olivar o el rostro carcomido de un leproso en su lento caminar de lisiado.

Las cerezas del cementerio (1910)

Vitalidad de lo mortal a través de un onírico devenir. Fatídicos e inevitables destinos que el lucero nocturno de plata intuye a cada paso. Oscuridad en las pasiones. Pasión en los personajes. Más desamor que amor puro y más pureza en lo vivido que pasión en lo anhelado. El culmen es un acto moral de serena Comunión, con agridulce sabor a fruta prohibida.

Figuras de la Pasión del Señor (1917)

El pintor capta la liturgia de una luz bronceando las columnas de corinto que sujetan templos y sinagogas. Cada figura conforma un cuadro místico. Lo divino se torna terrenal con cada trazo y en cada tono surge la virtud del color: el purpurado mar de Galilea, palmas rubias que amarillean en Jericó, Jerusalén enrojecido, Gethsemaní crepusculado, el verde esmeralda en los valles del Jordán o la invisible glorificación del Sanedrín, envuelto en una tolvanera de sándalo y bienaventuranza. 

Libro de Sigüenza (1917)

Entre filosófico y literario, el pensamiento ético y estético mironiano reflejado en el espejo carnal de su alter ego. Cuando Sigüenza hurga en su interioridad, nos transmite una particular manera de rechazar la injusticia, la intolerancia y la falta de piedad en el ser humano a través de memorables parábolas. 

El humo dormido (1919)

El humo es la memoria intacta de las cosas. Memoria evanescente, adormecida. Reminiscencias del luminoso sueño de los sentidos: el sonido de un armónium, el chasquido del agua golpeando la piedra cuando llueve, el olor a paisaje denso o el sabor a óxido en el tañido de la campana. 

Nuestro Padre San Daniel (1921)

Oleza se expresa como trasunto literario de una villa tumultuosa en sus inquietudes y en sus dicotomías. En Oleza, la bondad existe porque existe la maldad, y en ambos casos, dichos conceptos quedan plasmados en la religiosidad con que dos de sus personajes los afrontan. En cuanto al Padre Bellod, se adivina en él una maldad resignadamente oscura, maléfica en su increencia. En Don Magín, por el contrario, aflora una bondad que fluye clara como espuma virgen y predispuesta al contagio. Pero en el centro, omnipresentes, omnipotentes, los ojos duros de Nuestro Padre San Daniel escrutando la cotidianeidad de los olecenses: sus virtudes, sus anhelos, sus flaquezas... sus miedos.

El Obispo leproso (1926)

La parte que complementa el todo de una obra cumbre. Curas, canónigos, diáconos, prebostes, beatas, procesiones... intrigas. Luces y sombras. La decadencia de una ciudad levítica; un cuadro provinciano pintado con retazos impresionistas: de un lado, quienes viven dominados por la idea de la culpa, reprimiendo así, toda alegría por pecaminosa y donde sólo la amargura se configura como hija de la virtud, y de otro, aquellos que se muestran abiertos a la felicidad y al disfrute de las pasiones más humanas. 

Años y leguas (1928)

Hubo un tiempo en que Heráclito humedeció el transitar de sus propios pasos. Evocación gentil y arrebatada, lujuriosa quizás. Sigüenza mira lo mirado veinte años antes. Íntima intención en lo contemplado cuando se acepta lo que se mira. Inmutable cadencia con que el corazón del paisaje late, año tras año... legua tras legua. 



C Crónica del Corpus

Asómase la zozobra al rigor de unos membrilleros que expanden su ambarina sombra como ligera mancha de aceite a través del corredor de La Marina. Bajo el azul, rebosa por las chimeneas un humo limpio que escapa al calor nocturno de los hogares, y describe en el ambiente somnolientas brumas y brasas cenicientas. Es el jueves siguiente a la octava de Pentecostés, día de Corpus, el día en que el cuerpo de Cristo se hace carne y su sangre regresa enaltecida para saciar el palpitar de quienes presienten tan litúrgico advenimiento. 
Festum Eucharistiae, mágica anuencia, generosa levedad o jubilosa veneración ante la imagen sagrada de Nuestro Señor. En esta levítica villa hasta el aire se impregna hoy de fiesta. A las puertas de la parroquia, una chiquillería, ataviada con camisolas blancas o blusas almidonadas con encajes ribeteados de hoja nueva, se apelotona bulliciosa frente al frontispicio. Aguarda a que concluya la misa y salga la muchedumbre para acompañar al Obispo que, como cada año, procesionará bajo palio junto a la imagen sagrada de Cristo. Durante la espera, beben los zagales azucarada granadina, leche templada de almendras o agua limonada. Degustan crujientes barquillos de miel, roscos de anís glaseados, regalices, pastelicos de yema horneados en el obrador del convento de las Clarisas, confituras, frutas escarchadas o paparajotes tostados con sabor a azahar y a canela.
En el interior del templo, un intenso olor a incienso acaricia las papilas de los allí congregados. La iglesia es un habitáculo monumental preñado de altísimas columnas que sujetan la edad del edificio; bajo la bóveda central y en angular deriva, se expanden, hacia los fríos muros de piedra labrada, alineadas hileras de bancos y reclinatorios; una hebra de luz se filtra por entre los ojivales de las capillas absidiales, desde las que se abren unos ventanales alargados con arcos apuntados y baquetones en arquivoltas. Finos maineles y óculos floreados adornan las dos capillas más modestas, tímpanos calados por vanos trilobulados decoran la capilla mayor.
Las celosías de los confesionarios parecen ojos mudos. La feligresía se siente silenciosamente observada.


Iglesia de Monserrate en Orihuela

El rezo es cadencioso, salmódico, acompasado, creciendo en su responso. La ceremonia alcanza la álgida cumbre del éxtasis. Desde el centro del altar mayor, el Obispo ofrece a los fieles la sagrada oblea lunar como tangencia comestible de un pan vivo y dador de vida. Blanquecina casi transparente, la hostia se transforma en alimento espiritual y colma al contacto con el paladar un esperanzado anhelo de acercar el sacrificio del mito a la fidelidad del hombre. Tras la eucaristía, una música coral rompe el silencio claustral en el interior del templo; afuera, las campanas de la torre baten el aire con melodiosos sonidos de bronce; los pájaros se sacuden su monotonía y alzan el vuelo pletóricos. El Obispo recorre con parsimonia el pasillo de pilastras que separa una de las capillas laterales de un pórtico que se abre ahora a la luz incandescente del mediodía; a su lado, el cura párroco, revestido con manteo y sobrepelliz, porta la custodia; tras ellos, los vicarios, los diáconos, algunos joviales seminaristas, el sacristán, una pléyade de monaguillos, guardias abigarrados en su rigidez cincelada, las autoridades arropadas en engalanada inercia por mujeres con mantilla negra de encaje y hombres solemnes en su tránsito lento; niños que cantan, niñas que bailan. 
Los ecos polifónicos del coro comienzan a disolverse a medida que la procesión va penetrando en las costanillas más angostas de la villa. Los pájaros atenúan sus gorjeos en reverente sumisión. El sol reverbera en lo más alto, traspasando con su haz abrasador la imagen corporal de un cristo que renace como crisálida, justo cuando el alborozo comienza a remitir. 
Para los zagales, el Corpus seguirá siendo jubilar inocencia y alegría desbordada por un porvenir hermoso, pero sobre todo, regalices o confituras variadas o fresca limonada. Para los más mayores: éxtasis, aflicción, tal vez serena emoción, aceptación del dogma o simplemente resignada pasión.


D Décima de los Dones

Siempre la claridad viene del cielo; es un don.
Claudio Rodríguez

Riza el mar sus blancas olas
como un pañuelo de espuma;
su estrofa azul se perfuma
con salitre y caracolas
y un don manifiesta a solas
su más leve transitar:
Hija adoptiva del mar,
gaviota, reina del cielo,
no ceses nunca tu vuelo
que te quiero ver volar.




E Epístola de un Esteticista

Querido Ximo: Sigo en Barcelona. Me muestro decidido a permanecer en esta ciudad en tanto en cuanto no concluya uno de los propósitos por los cuales decidí realizar este viaje. En tu última carta solicitabas de mi persona para participar como ponente en una conferencia en el Círculo de la Unión Mercantil con el fin de disertar sobre la función estética de algunos de esos escritos que a modo de estampas voy componiendo, y de las cuales te he ido enviando alguna copia para que procedieras a su valoración. Me halaga tu invitación, mas, como a continuación te explicaré, no me será posible acudir a la cita. Desde mi llegada a Barcelona todo ha sido parabienes. La recepción que se me ha dispensado sólo puede ser calificada de exquisita. Dos eminentes hombres de letras, como son el insigne pensador Eugenio D'ors y el poeta Josep Carner, han actuado de cicerones en este mi acercamiento a la Cultura Catalana y, por ende, al descubrimiento de esta inmensa urbe desde la cual te escribo. Por otro lado, se me abre una más que probable posibilidad de empleo en la sección de contabilidad de la denominada Casa de Caritat, con ello, aumentan mis intenciones de trasladar a Barcelona a toda mi familia y hacer de esta ciudad no sólo el hogar editorial, que ya lo es, sino también, el familiar.
Pero hay otra importante razón, más importante si cabe. Con especial deleite asistí hace dos domingos, acompañado por Carner, a la Casa de Maternitat ubicada en la periferia de la ciudad, donde conocí a un fascinante personaje. Se trata del Padre Frederic Clascar. Mosen Clascar, como todos lo llaman, es un sabio humilde ajeno a la soberbia de los sabios. Vive con la serena actitud de un transcurrir prudente, y este pasar sin ruido por el mundo constituye en él, su máximo saber. Ha editado una deslumbrante traducción al catalán del Génesis, repleta de sugerencias poéticas, sensibilidad en el lenguaje y armonía en la estructura de la obra. Desde ese día, paso largas horas en su biblioteca personal. Como si de una liturgia cognitiva se tratara, leo y releo cada párrafo envolvente de los sacros escritos que Clascar ha compendiado en su volumen, e imagino figuras o viñetas donde los aromas dan forma a los sonidos, y el asombro se sacia con gentiles textos rebosantes de pasión, piedad, sacrificio espiritual o destellos de un amor purísimo. 
Pero en este mar de tomos, legajos, y palimpsestos, hallo también esplendidas primeras ediciones de las que voy tomando innumerables notas para futuros proyectos: los Pensamientos de Goethe de carácter epigramático e impregnados de serenidad clásica; las poéticas de Horacio o Cátulo, o las obras completas de Schiller, de las que Mosen Clascar ha ensayado una más que erudita interpretación y que también deseo acometer. 

Querido Ximo, como ves, este es mi devenir literario por una tierra tan alejada de la nuestra que a veces me parece imposible haber hecho este viaje, pero te aseguro que es tan próxima en cordialidad y afecto, que hace que me sienta como en casa, si no fuera por lo mucho que echo de menos a Clemencia y a las niñas.

Tendrás noticias mías en cuanto la claridad me asista en la pronta decisión que habré de tomar; serás de los primeros en conocerla.

Se despide de ti afectuosamente.

Gabriel Miró (Barcelona, 27 de noviembre de 1913)



H Himno a Herodías

Ella salió y le dijo a su madre: ¿Qué pediré? y ella le contestó: la cabeza de Juan el Bautista.
Marcos 6:24

Tú que desafías la serena cordura de caudillos,
patricios, filósofos o escribas.
Que instigas en favor de la sangre más núbil
y suturas las heridas que el amor esparce
con memoria de sándalo y besos vanos.
Tú que influyes astutamente en los templos de Idumea,
que acechas harenes y sinagogas con tu labio encendido
y ambicionas jardines y laberintos de oro.
Tú que sueñas con la gloria
bajo sicomoros abiertos y cidros que desmayan
su verdor por entre cálidas praderas.
Tú que en tu hermosura cuajas una entelequia infinita:
dorados bucles de seda
que ceden verticales al alabastro de tu espalda,
que el Tiberiades a tu paso
pausa su pulso húmedo,
y sus aguas aguardan un crujir de hojas viejas
y un temblor en las bayas cuando tu cuerpo se sumerge
en el dulzor del río ensangrentado.

Tú, serenamente,
vacías de expresión el rostro decapitado
del profeta, sin que en tu piel se extinga la cicatriz del odio,
de inoculas en el vientre inmaculado de tu estirpe
un veneno que en Salomé se adorna de gentilez
cuando acata el virginal encantamiento,
y en solemne danza te ofrece, majestuosa,
la mirada aún candente de la muerte
en fría bandeja plateada.



L Letanía de los Leprosos

Hay celajes que cancelan la apertura del día, páramos inhóspitos, inabarcables, hojas de acanto que se adhieren al alma y lo subyugan, sombras que se sujetan a rostros que no existen, alabado sea el Señor, cuerpos ajados, ateridos, humillados, tumores que preceden al hedor del sarcoma, porque todo anticipa una trágica nada pervertida en esencia, una umbría discreta, doliente y milenaria, alabado sea el Señor y sus custodios querubines, que su manto nos proteja del odio y la indiferencia, lazaretos como losas o témpanos olvidados, habitáculos inhiestos, calvarios indolentes, sanatorios que no sanan, campos de concentración, alabado sea el Señor, neoplasia en la mente, surco angosto en el rostro, encostrado y reseco, polvorienta liturgia parida en lontananza, herrumbre en la epidermis, y un óxido más ácido ganando la garganta, expresiones vacías, marcas huecas, renuncias, alabado sea el Señor, Parcent en las oraciones, gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, miedo a sus amanuenses, alabados, alabados, el tumor es visceral si el rencor acontece, leprosería de Fontilles, postigos que clausuran a cal y canto la calma, sangre en las aguas termales, aguijones que purifican, llagas yacientes, supurantes, y un dolor que se contagia, sin piedad, sin pausa, con el duelo punzando la quijada del alma, dolor, dolor que crece y no cesa, castigo de Dios, te alabamos Señor.



M Manifiesto Mironiano

No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia. No importa,, Ÿcon tal de que sea intensa"Ÿ que la realidad interna no acople con la externa. El error y la verdad son indiferentes. La imagen lo es todo.
Azorín

Mi nombre es Gabriel Miró, he nacido en Alicante y en la actualidad tengo 47 años.
Esta es la modesta proclama de un humilde artesano de la palabra dibujada: Me siento un pintor de voces que interpreta la melodía del paisaje a través de aromáticas esencias ungidas desde el Mediterráneo, y que plasma cuanto percibe, en el mismo frágil lienzo de quien palpita al percibirlo.
Quisiera hoy manifestar la trascendencia de lo vivido en un hecho puramente contemplativo: cada instante gozoso transcurre en mí con esa comedida pausa con que las hojas otoñales se depositan en este huerto gentil que convenimos en denominar vida. Mi universo literario se incorpora de esta forma al deleite ritual de lo sensitivo como alabanza primera de todo cuanto acontece. Creo en la capacidad del ser humano para alumbrar los semblantes más opacos de los actos carentes de nobleza. Me conmueve la geometría lunar y la estelar arquitectura de lo intangible, por eso, detengo mi transitar y me ubico en lo sensible para observar desde este promontorio estético e imperecedero, el paso del tiempo. La temporalidad de las cosas es hoy tan inmutable, como lo fue cuanto nos ha precedido; mas intuyo complaciente que todo está aún por llegar, por eso, asumo su paso con regocijo. Creo en la percepción subjetiva de los objetos y en la objetividad sensitiva de los sujetos. Creo que en los pastizales del placer, circula, como si de ramas arbóreas se tratase, una savia de felicidad inmarcesible que vibra como un estambre ante la belleza de las cosas.

Proclamo cuanto siento y asumo cuanto digo. Quiero que sea ésta, la delicada manera con que se reafirme mi fe en los placeres sensoriales, y quiero que ante todo sea una personal proclama, pero también, una necesidad vital de resurgimiento compartido.


P Prosa Poética desde Polop

Desde el Huerto de Cruces escuchamos la sinfónica alabanza del silencio. El mirador huele a tarde lenta, nuestra vista alcanza cuanto el paisaje nos ofrece: quebrados bancales de terrones esparcidos a lo largo de las lindes, zarzales, rastrojos, olorosos nisperales, limoneros en flor, viñas que dan delicada pasa o moscatel fermentado con sabor a miel y a prodigiosa holganza: ricos caldos que embriagan, seducen, amansan.
Desde aquí se divisa la cúpula azulada que corona la iglesia de La Nucía, el sinuoso curso de una acequia que nos acerca a Callosa, y al fondo, como visillo rasgado por la neblina, el desgajado ángulo adormecido de un piélago que se intuye inmenso y sazonado. Polop de La Marina
Polop yace entre el mar Mediterráneo y el valle del Guadalest, como imagen capicúa de los rincones bellos. En vertical descenso, atravesamos un acendrado cortejo de pinos y cipreses que, como si de recios infanzones se tratara, custodian el sendero y lo ensombrecen. Un surtidor de adelfas desciende con nosotros a través de un vía crucis tapizado de piedra. A su pie, la Iglesia de San Pedro Apóstol, estilizada y rigurosa. Nos adentramos en ella. Sus encaladas paredes aparecen ornamentadas con piezas de mampostería, cenefas esmaltadas al temple, bruñidas reliquias u hornacinas revestidas de pan de oro y que recorren aleatoriamente la inmaculada arquitectura del templo bajo un artesonado de maderas nobles. Abandonamos la iglesia. Las callejuelas se estrechan con la tarde. En lento caminar cedemos a la cadencia vespertina de la empinada senda. 
Arribamos a la plaza, infinidad de caños amables reverencian nuestra llegada, surtidores que vierten, acompasados, el fruto líquido de las nubes en un abrevadero de cal: savia para el ganado y húmeda bendición para los seres humanos. Perennidad de la frescura en su caudaloso riego, remanso de cristal virgen en su prístino reposo. 
Al lado de la plaza: "el lugar hallado", la casa solariega que antaño habitaran Gabriel y su familia destila una aromática sensación mironiana en su ternura de piedra desgastada. Aún hoy se percibe en ella un olor a barro seco, encina quemada o cáñamo, y se intuye, ambarina, la palidez de una luz que golpea en el vidrio ajado de los ventanales, y los traspasa, clareando las ahora desnudas habitaciones.
Abandonamos la tierra cálida de este Polop tan callado y tan sabio. 
Una acrisolada brizna arde definitiva para cerrar la tarde. Cenital, un fragante manojo de nebulosas rosáceas se agolpa con prestancia hasta derramar una fina lluvia sobre nuestras cabezas a modo de crepuscular despedida.


R Retrato de un Retratista

Miró reposa en la confortabilidad de un sillón impoluto la estética corporal de su esmaltada figura. Apoya el antebrazo izquierdo sobre el estampado tono turquesa de un cojín de fieltro y se abandona al acto intemporal de la templanza con esa lentitud con que la nieve se acurruca en el páramo. 
Refulge en este semblante la transparencia afable de un rostro atezado y que transmite la densa serenidad del atardecer, una quietud desposeída de mansedumbre, una suerte de coronación purificadora.
Frente a él, un poeta de la luz tratará con su cámara oscura de capturar la estela fugaz del único poeta que, como dijera Unamuno, no quiso serlo. 
En un momento determinado, la penumbra cede al fogonazo de una luz artificial, colmándose de blancura el sosiego de la sala. Entonces, la cámara se apropia de los detalles, hace suyo un ramal de flores silvestres que descansa en un búcaro, y atrapa cada fugaz pensamiento, y cada imperceptible mueca, cada estrofa sonora e inconclusa, cada leve lamento... Todo queda al cabo almacenado en la alacena fotográfica del tiempo: la imagen corpórea y sensorial de un hombre adintelado, su rostro físico... la raíz de su alma. Es el triunfo reticular de la mirada. Virada en sepia, permanecerá por siempre, como si de un epitafio visual se tratase, la eternidad de este instante.


S Soneto a Sigüenza

Si nadie en la vereda se aprestara
a percibir del agua su inmanencia
sería la cordura esa demencia
que nunca en la locura se instalara.

Si en su pasión Sigüenza no buscara
trazar ningún paisaje percibido
daráse por hallado lo intuido
si al fin en la intuición todo se hallara.

Se trata de creer que en el olvido
se oculta avergonzada una locura:
vivimos recordando lo vivido

y nadie de este sino se avergüenza
ya nadie rememora la hermosura
sin antes acordarse de Sigüenza.



V Versículos del Vivir

Las condiciones del pájaro solitario son cinco: la primera, que se va a lo más alto; la segunda que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta que canta suavemente.
San Juan de la Cruz (Dichos y Amor)


1:1 El pájaro solitario vive en el valle del Jalón su condición primera: llevar el aliento a lo más alto y trascender al vuelo. 
1:2 Para el pájaro solitario, vivir es aspirar aromas de cantueso, la urdimbre en la biznaga, el resol del espliego, el crujir de las hojas, el frescor de los huertos.
1:3 Para un vivir inmenso se hace necesaria una cierta distancia entre el palco y el suelo. 
1:4 Porque vivir es ir quebrando la impronta del estigma y el dolor que en las sombras se instala como lepra, más cerca de la herida, más allá de la pena.
1:5 Vivir es atrapar el pendular tañido del aire en la campana. El sabor de la tarde. La sombra perfumada, el remansar del agua junto al brocal de un pozo.
1:6 Hay un vivir sosegado que antecede al silencio, un rumor apacible que conjura en la pausa el paso de las mulas a través de la escarcha.
1:7 Vivir es un afán, una constanza lenta en lenta decadencia hacia el primer olvido.
1:8 Porque vivir es aceptar que el pájaro solitario vive de aprehender en el vuelo su memoria primera.

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