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Canciones del Gólgota

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imagen portada Canciones del Gólgota

En el primer libro de Juan Arabia -muy personalmente lo digo- creo advertir destellos de esa voz que elevará luego, enriqueciendo el género con versos nuevos, similares muchos de ellos a los que aquí presenta al lector. Ello quiere decir que aquí, en este volumen, el lector ya podrá apreciar la presencia sacudidora y sorprendente de algunos hallazgos que le debemos al autor; que le deberemos para siempre. Es verdad que todo primer libro acusa influencias visibles, contaminaciones y condescendencias de las que el joven autor es el único culpable; pero también es cierto que aquí, en Canciones del Gólgota, si sacudimos bien la coladera, para que retenga ripio y otras imperfecciones, en el fondo del cubo veremos brillar más de un fragmento de aquello que buscamos al abrir un libro de poesía. En tren de minería literaria, hay aquí una buena veta, la de Arabia, que promete ensancharse pronto: nos queda el privilegio de ser los primeros en leer los primeros versos de este autor, que ha agregado al mundo un objeto que antes no existía, el libro que tenemos en las manos, y algunos mundos más, que son aquellos que él habita.

En principio, vemos que Arabia no se propone escribir como un período de la historia literaria, sino como un poeta, y ello, además de un sano ejercicio de ortodoxia poética, ya es un rasgo de plena originalidad, visto lo fácil que caen en la tentación de ser "contemporáneos a ultranza" muchos de sus compañeros de generación, simplemente porque algunas razones, definitivamente extrapoéticas, parecen imponer esta condición, más propia de la moda que de la letra. Es un primer rasgo de valentía, además de originalidad. Aunque no es lo más importante del volumen, no quise dejar de destacarlo, por lo desgraciadamente inusual y por todo lo que nos dice sobre el autor de estos versos.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, se comprenderá fácilmente, están los rasgos apreciables en la versificación libre de Arabia, donde las palabras surgen de una cosmogonía que está haciendo propia, suya, diseñando los rincones y las profundidades de un universo particular. Este mundo virtual que habita Arabia está en permanente construcción, en continua expansión y modificación. Es un cosmos dinámico, no pasivo, sino continuadamente transformado por la misma escritura que lo expresa; tenemos la certeza de comprenderlo, de haberlo comprendido, casi, al cabo de varios versos que hemos leído; pero ya, a la vuelta de página, nuestro nuevo autor nos brinda un paraje nuevo, introduce flamantes modificaciones en aquello que creímos acabar de abarcar con la lectura y de esta habilidad, principalmente, vienen esas sorpresas que salpican la lectura hacia lo hondo de Canciones del Gólgota. Verso a verso, como era previsible, encontramos esta similitud o aquella otra con algo que ya leímos en diferente sitio; pero separando dentro del mismo verso o del mismo poema esta capa de disfraz, lo que podemos ver claramente es el tratamiento personal que el autor le ha dado a un concepto o una forma que le ha brindado otro. Allí nos embosca una nueva conceptualización que es genuina y propia de Arabia; está entera, evidente, o tenemos de ella un gran vestigio; seguramente, en su segundo libro la veremos más nítida, si es vestigio o evidencia mediana en éste, pero aquello que es nuevo y propio ya del autor se ofrecerá engrandecido y caminará sin duda con pasos todavía más firmes que los que da ahora.

Un tercer aspecto, a tomar en cuenta en este inicial Canciones del Gólgota: trasunta sinceridad. El autor no miente: siente y escribe cuando siente y quiere escribir. No se impone hacerlo, porque vaya a desear escribir perentoriamente un poema. Para Arabia no hay intención o imposición de escritura; este defecto o pecado mortal del género, al que bien podríamos denominar "alevosía seudopoética", que lleva a tantos a forzar la pluma cuando nada hay para decir, da por resultado cuerpos muertos, quizá bellos -si al delincuente literario le dan las mañas- pero exangües, carentes de la más mínima chispa de vida. Es por ello que en lo escrito por Arabia, aunque se noten imperfecciones, todo se muestra como la expresión de lo vivo, que puede ser sufriente -de hecho, así se muestra en buena parte del corpus del libro- pero nunca enfermo por el vicio de escribir sin tener nada que decir, o nacido muerto por la misma causa.

Como dije antes, estas pobres glosas de lo hecho por Arabia en este libro, al contener el volumen genuinas muestras de poesía, no pueden siquiera reflejar a medias de qué se trata Canciones del Gólgota, pero quizá le den alguna orientación o pálida descripción al lector -no el mapa de caminos que él mismo va a construir, seguramente-. Pero si atinan mis palabras liminares a ratificarle que yo, como él, he gozado al encontrar muestras claras del auténtico metal de que está hecha la poesía -entre tanta falsificación al uso, en nuestra lengua y en otras- en este primer libro, estas glosas habrán servido de algo, además de tener el honor de haber acompañado la primera edición, de la primera obra de un poeta de verdad. 

¿Qué mejor, para un lector de poesía, que tener el privilegio de escribir sobre aquello que más le gusta, una vez que lo ha encontrado?

LUIS BENÍTEZ

 

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