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Del franelero popular

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imagen portada Del franelero popular[…] Toda la obra de RR está ligada por señales de un lenguaje netamente autotélico (derramar un diccionario es un acto de belleza). Se hará evidente que estas palabras pretenden, también, ser la astucia que antecede a la definición; meditadas para el caso, plantan miradores, pretenden hacer que el otro comparta mirar donde lo hizo uno. […] Viendo el uso dialéctico que la psicología antepone al acto explicativo, comprendo el rol absoluto que las representaciones autosemánticas tienen en la escritura de Revagliatti. De lo contrario me quedo con el pintoresquismo eufórico de un rato.
Acometo Del franelero popular, una lógica sin intimidad con otra zona de juicio con moralina; detrás de toda gran frase se esconde una mejor… ¿Escuchaste, lector, el segundo en el cual RR, agotado su gárrulo contra nosotros tal un sacerdote “cachador”, te sacude con guasa y despección su mundo contaminado de sensorialidad? Te saca del dogma al que te apegas con resonancias pasadas, porque este poeta ancla sus significancias en el pasado del descontento. Para materializar la resignificación, la mejora quirúrgica de frases que se sospechan ya inútiles, ya minusválidas. Sólo donde el universal ha dejado de ser folklore, Rolando las reescribe las más de las veces unívocamente; otras, inmejorables.

[…]Este franelero popular es prueba del empirismo como escepticismo. En Versos hasta acá y en Del franelero popular, se hace masivo uso del epigrama, un epigrama acriollado, adulterado por puntuaciones problemáticas que exaltan y a la vez arman con rigor el error, llegando a tropezar con delicadezas de efecto y de lectura que considero antológicas. 
En los verdaderos refranes, que son ahora los que ha escrito Rolando, conmueve el destino de la pregunta.

EL LIBRO, ESE EBRIO DE RUMORES
A falta de palabra para libro, muchas lenguas dicen el lugar para las palabras; en una lengua que prefiero apartar de la consulta, pregunta se dice donde penan las palabras
Esta insistencia mía con la pregunta es por creerla diseñadora universal del sentido estético y solitario de la poesía revagliana; poética que se desnaturaliza hasta el punto de hacerse diálogo en el otro; así se ha consolidado en Rolando lo que otros autores rozaron no sin preocupación, ungidos en la tontería que disculpa a cualquiera que no quiere adentrarse seriamente en la zona negativa del humor, el homoludens rompe con algunas, sólo algunas premisas de prestigio, conserva las de grupo. Consulto un diccionario de “…” buscando humor y prestigio –aparece como valor potlach que garantiza la proyección- ; para la primera encuentro (as´t cha) de donde te vas y para prestigio-importante (d´ tál na) para que no seas. Qué pobres que somos en esta aldea cuyo diccionario sindicalizó los significados. El franelero no nos engaña, nos vuelve de donde nos fuimos y nos deja ser.
Todo está cautivo de un pacto circunstancial no hay órdago ficcional; Rolando recrea hábitos del habla de los años 40 y 50 que, aunque tardíos para mí, supe estar de niño y como niño dentro de esos estertores sonoros de un argot. No tengo razones, pienso mal (todo es penuria en mi memoria quieta). La esperanza de poseer un lenguaje nacional ¿funcionó sólo como lengua editorial? La prensa de la prensa ¿mortifica la escritura periférica a los grandes temas con un modelo sitiado por la tradición de lo correcto? La poesía y Del refranero conspiran con alegorías de alegorías… Para la manía de profesionalizar el arte, montaremos un hospital interior que sane, sane, sane al escritor injuriado de garantías de herencias y vernissage, le devuelva la fe en la palabra (aún rota la palabra por la temporalidad, se mantendrá compuesta del imbrico significado…). A tener valor vinimos, también… y hay que escribirlo…

Daniel Battilana

 

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