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Morada de mi sombra

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imagen portada Morada de mi sombraEn Morada de mi sombra Emilse Zorzut se zambulle en la profundidad de su propia sombra, o lo que es lo mismo: muestra su más íntima realidad, el auténtico pálpito de su entraña, a través de las formas que adquiere su sombra proyectada desde todos los posibles prismas lumínicos. Decía J. Ortega y Gaset que el individuo humano se conformaba por él mismo y su circunstancia; L. Wittgenstein, por su parte, afirmaba que éste se constituía por él mismo y su mundo; asimismo, J. P. Sartre sostenía que el individuo humano era proyección existencial y que su esencia se explicitaba a la conclusión del proyecto de vida que cada individuo humano es. Pues bien, Emilse Zorzut viene a decirnos, por medio de versos de extraordinaria factura e insólitas metáforas, que ella no es sino ella misma y su propia sombra en todas y cada una de sus posibles proyecciones.

Esta sombra se manifiesta en múltiples formas y en espacios diversos, así p. e., en una corona de guirnaldas o en las espinas del tallo de una rosa, en la espalda de un ser miserable o en los pies del ser amado, en la superficie de la mar o en el rincón del dormitorio, etc... A veces es una sombra pendenciera, despiadada, casi inhumana, que la acorrala en la reserva de sus sentimientos; otras veces se extiende en un abrazo al infinito; otras, es la imagen del silencio, un rayo de oscuridad que atraviesa el corazón, ajeno e indiferente; otras, reverbera en el murmullo de las aguas de un río; otras resulta taimada y traicionera, y apuntala el dolor del alma; otras, se presenta extraña y enigmática, como un halo de misterio que cautiva sus sueños; otras, es el filo de la daga que amenazante empuña la adversidad; y otras, es tierna caricia, reflujo de luna... Sí, ciertamente, Emilse Zorzut es la morada de su sombra, un templo único e inefable que se significa en una umbría polimorfa, en un baile de sombras propias que crecen hasta confundirse con lo inabarcable y se contraen hasta concentrarse en un punto de noche bajo los pies, que se desplazan avanzando el perfil del futuro u hostigando a la espalda con la rémora del pasado, que se insinúan en la distancia y se aquilatan en los ojos de los más próximos a ella, y que embruman los sentidos con su voracidad de tiniebla o se desvanecen al calor de un beso.

Adrián Arza

 

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